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31 agosto, 2014

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Biblioteca Nacional (Fotografía de LJ)
Nos comenzamos a despedir del verano cerrando este mes de agosto. Hemos seguido con una línea positiva en visitas, con 13.000, y también en entradas, con 20 artículos que hacen de este mes uno de lo más productivos en lo que va de año. En Blogger subimos dos seguidores hasta 149, siete más en Facebook, donde alcanzamos los 118, y nos sostenemos en los 414 en Twitter.

Veinte mil leguas de viaje submarino
Un mes donde hemos tenido de todo un poco, aunque el predominio ha estado compartido. Por una parte, el cine, con ejemplos como Los descendientes, que abría agosto, o adaptaciones como 20.000 leguas de viaje submarino o La ladrona de libros; por la otra, la literatura, donde no han faltado clásicos como Carta de una desconocida ni libros quizás menos conocidos, como El tiempo de la noche. La publicidad también ha formado parte de este verano, sobre todo con sus anuncios clásicos, e hicimos un hueco a la música para hablar de Pasatos de jijala, disco de Bel. Incluso nos atrevimos con los videojuegos, reseñando The Last of Us.

En la sección Encuentra tu blog de Biblioteca sin espacio (Beatriz L.M.), os ofrecemos las siguientes búsquedas:

"un poema con tres versos cortos"

Esta definición tan vaga hizo que alguien llegara a nuestro blog y desconocemos si obtuvo recompensa o no. Cuanto menos, una búsqueda curiosa.

"libro la malquerida de jacinto benabente"

Sobran las palabras y tantas "b".

"personajes de juegos de alambre"

No conocemos esos "juegos de alambre", por lo que desconocemos cómo llegó a nuestro blog, aunque quizás Suzanne Collins nos pueda aclarar algo con sus Juegos del hambre.

"cuentos clasicos porn"

Lo raro es que llegara a nosotros, de momento no ofrecemos pornografía (o eso creo).

Imagen de Río de sangre
Esperamos una productividad similar en septiembre, donde no faltarán ni libros ni películas. Además, tendremos un homenaje en forma de reseña para la actriz Lauren Bacall, que nos dejó hace unas semanas.

Un saludo,
L.J.

PD: Este mes de agosto ha visto las muertes de diferentes artistas, especialmente en el mundo del cine: Lauren Bacall, Robin Williams, Richard Attenborough o Roberto Cairo. En España también hemos despedido a Peret, cantante creador de la rumba catalana. Con una de sus canciones despedimos al verano.


"Sed espectadores atentos donde no podáis ser actores."

                  -Emilio Oribe

                        

Las siete maravillas. Una novela del mundo antiguo, de Steven Saylor

29 agosto, 2014

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Se dice que los lémures se quedan vagando por la tierra y aparecen por las noches(Los Jardines de Babilonia)

Portada
El joven Gordiano de Roma ha aprendido de su padre los ardides de un buen detective, y de su tutor, el poeta de origen griego Antípatro, todo lo que hay que saber acerca de historia, matemáticas, literatura y un poco de griego. El viaje iniciático del futuro sabueso comienza ya con una añagaza: el fingimiento de la muerte de Antípatro, por el cual el poeta pretende, en compañía de su joven discípulo, desenvolverse bajo una identidad falsa y disfrutar de una aventura que durará prácticamente dos años.

Es el propio Gordiano quien narra sus vivencias en primera persona. Estamos en el año 92 A.C. y partimos de Roma. Hace más de una década que los romanos han sometido a los griegos, por lo que perviven sentimientos de rencor pese a una mutua tolerancia. Gordiano y Antípatro parten del puerto de Ostia hacia Éfeso, en la parte asiática de Grecia, donde dan inicio a su recorrido por las Siete Maravillas del mundo visitando el concurrido Templo de Artemisa, la Diana Cazadora de los romanos. Es la primera etapa propuesta por el estadounidense Steven Saylor (1956), en su bien documentada y amena Las siete maravillas. Una novela del mundo antiguo (The seven wonders. A novel of the ancient world, 2012; La esfera de los libros, 2014).

Ya en esta primera parada, Gordiano demuestra su iniciativa y valentía al esclarecer un complot en el que está acusada la joven hija de un amigo de Antípatro, durante las festividades en honor a Artemisa.

De este modo, en cada destino, el joven romano podrá resolver un misterio, mientras se mezcla con el bien descrito ambiente de su época. Sin desvelar en exceso, proseguimos el viaje. En Halicarnaso, Gordiano se ve envuelto en un juego de identidades “a lo Agatha Christie”, donde las personas no son lo que parecen (y donde emerge una sugestiva característica anatómica, mágica o natural, ¡o ambas cosas!). 

Su siguiente parada les lleva a contemplar la colosal estatua de Zeus en Olimpia, además de ser testigos de los famosos juegos, durante la Olimpiada número ciento setenta y dos. En Olimpia destaca el encuentro con un cínico, mientras ven desfilar a los atletas y visitan el templo que alberga la monumental estatua. Un espléndido apunte lo hallamos en el hecho de que Gordiano se sienta un poco acomplejado como romano ante tanto griego y que, pese a reflexionar con mirada crítica cuanto le rodea, acabe descubriendo la generosidad de mano de uno de los atletas (por encima de los intereses que sostienen los Juegos).

Tras atravesar la península del Peloponeso, los viajeros llegan a las ruinas de Corinto, en cuyas cercanías acontece un crimen en apariencia inexplicable, relacionado con algunos soldados de la guarnición romana allí apostada, que además han compartido posada con Gordiano y Antípatro. El asunto parece cosa de brujería, no siendo la última vez que Gordiano haya de preguntarse qué de cierto hay en la magia.

Pintura de Lawrence A. Tadema
Continúa el recorrido por Rodas, de cuyo Coloso solo quedan sus restos esparcidos por el puerto, ya que fue destruido por un terremoto -en el presente de la novela-, hace ciento treinta y cinco años. En esta ciudad, Gordiano comprueba cómo cada pueblo soporta su dosis de incongruencia y barbarismo (en este caso, todo lo referido a los sacrificios de los druidas).

A continuación, esperan a los viajeros los Jardines colgantes de Babilonia, de los que solo sobrevive una pálida imagen, junto al zigurat llamado Etemenanki, dedicado a Marduk, patrono de la ciudad de Babilonia. Ambas construcciones constituyeron en un tiempo la sexta y séptima maravilla. Por desgracia, ahora solo quedan vestigios, aunque el zigurat se conserva mejor, junto con la conocida Puerta de Ishtar.

Gordiano ya ha cumplido diecinueve años cuando se ve imbuido en esta tierra de astrólogos y en el misterio que afecta a un templo semiderruido.

Portrait of a young roman - Nelson - Atkins Musueum of Art
La última parada es en Egipto, donde, naturalmente, destaca la visita a la meseta de Guiza, escenario en el que Antípatro y Gordiano tienen ocasión de debatir acerca de la descomunal construcción que es la Gran Pirámide. Será dentro del monumento atribuido a Keops donde Gordiano se tope con otro enigma.

Además, siguiendo las prescripciones de Isis, y por mediación de uno de sus sacerdotes, el joven romano se ve obligado a resolver uno de los famosos acertijos de los que esta tierra es pródiga, para lo cual, Gordiano decide meditar tumbado… ¡en el interior del sarcófago!, recibiendo así su auténtico “bautismo” como investigador excepcional, un acontecimiento bendecido nada menos que por la diosa Isis.

De hecho, ¿existe la casualidad, o su habilidad es realmente “un don de los dioses”, tal y como asegura su maestro?

El autor emulando al protagonista en sus pesquisas
Tras su visita a las pirámides, los viajeros se alojan en la bulliciosa y cosmopolita Alejandría, cuyo Faro no era tenido entonces por una de las maravillas, aunque sí fuera incluido poco tiempo después (en favor de una de las dos descascarilladas obras babilónicas).

Las nuevas rebeliones contra Roma aconsejan permanecer en Alejandría, cuya asombrosa biblioteca se reserva el derecho de copiar, de visitantes y comerciantes, cualquier libro de que no disponga. En realidad, el edificio forma parte de un complejo más amplio, un enorme museo. Antípatro y Gordiano se hospedan en casa de uno de sus trabajadores, y de nuevo la casualidad pondrá al chico tras la pista de un asunto; su descubrimiento más complejo. El capitulo culmina con un clímax de apariencia hitchcockiana, en la cúspide del gran faro.

Finalmente, un epílogo situado también en Alejandría, nos deja en disposición de retomar las posteriores aventuras del detective romano (en realidad anteriores, puesto que Las siete maravillas es una precuela).

Pintura de Lawrence A. Tadema
El acierto de la novela es haber sabido poner rostro, y la debida psicología, a los protagonistas, a personajes de aquel tiempo, junto a una acertada ambientación. Cabe destacar la resolución, honestidad y perspicacia de Gordiano, escéptico cuando cabe serlo, que lo convierten en todo un héroe clásico. Además, se da la simpática circunstancia de que el joven pueda hallar “un amor en cada puerto”, sin ver sacrificada por ello su naturalidad, de modo que resulta difícil no sentir simpatía por el enamoradizo Gordiano, guiado siempre por un concepto de rectitud.

Otros buenos detalles sobresalen en la obra, como el hecho de la exclusión del sonido [z] del latín (Prólogo, pg. 32), el resentimiento contra los abusivos privilegios de algunos romanos que flota en el aire; el ajetreo de un Templo de Éfeso que hace las funciones de un banco; el merchandising en torno a la Olimpiada; o las sensaciones que experimenta Gordiano ante los espejismos producidos por las llanuras de Babilonia o Egipto.

La novela participa de este modo de la categoría de un libro de viajes, no solo en el espacio, sino también en el tiempo; ofreciendo momentos y lugares agradecidos por el lector y los protagonistas, siempre dispuestos a recorrer esos mundos de dioses.

Grabado de una escuela romana
La edición incluye acertadamente un mapa localizador, junto a una bienvenida cronología del periplo de Gordiano, más una aclaratoria nota del autor, que proporciona las fuentes históricas empleadas –a veces solo nombres sueltos-, una bibliografía y los debidos agradecimientos.

Para concluir, una advertencia. Amigos editores: revisen los textos. De un tiempo a esta parte se ha convertido en moneda corriente hallar todo tipo de erratas tontas en las ediciones, letras cambiadas aquí y allá, alguna falta de concordancia en Éfeso, ausencia de tildes en Halicarnaso... No dejen por ello de disfrutar de la estupenda novela de Steven Saylor.

Escrito por Javier C. Aguilera


Publicidad No-Subliminal (XXXIV): Virales que revolucionan Internet

28 agosto, 2014

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Hablamos de marketing viral como un conjunto de técnicas que hacen uso de medios en Internet tales como las redes sociales o páginas webs para lograr aumentar las ventas de productos, servicios o el posicionamiento de una marca gracias a la propagación de su mensaje entre los espectadores interesados. Hoy en día es lo más parecido a lo que se conoce como la propagación tradicional de boca en boca, pero haciendo uso de los medios electrónicos, siendo posible llegar a una gran cantidad de personas rápidamente.

Gracias al uso de Internet es posible crear y manejar campañas virales que resulten mucho más económicas y efectivas que las campañas manejadas a través de otros medios tradicionales, como es el caso de las últimas semanas del reto Ice Bucket, un desafío que consiste en echarse encima un cubo de agua helada para reivindicar el apoyo para la enfermedad de ELA (esclerosis lateral amiotrófica). No sólo se queda en la mera anécdota, sino que la asociación que apoya dicha enfermedad ha multiplicado las donaciones aportadas en apenas dos semanas. A continuación os dejamos un ejemplo del mismo, realizado por el cómico Germán Garmendia.



No existe una fórmula exacta para determinar el éxito de un viral, aunque últimamente no son pocos los que juegan con los parámetros para conseguir una ecuación perfecta. Lo primero, y fundamental, es el aspecto emocional. Las emociones son las que hacen que el consumidor visione un vídeo y le incite a compartirlo con los demás. Ocurre, por ejemplo, con los vídeos promocionales que se suben a YouTube y acaban siendo compartidos de forma masiva, independientemente de su intención original. O el caso de los vídeos de Dumb ways to die, que despertaban ternura y risa al mismo tiempo. También destacamos en esta entrada el vídeo viral de un niño que contaba su experiencia en el dentista, adormilado por los efectos de la anestesia, despertando así nuestra empatía y ternura. Por una parte, existía publicidad y por otra no, pero ambos ejemplos consiguieron miles de reproducciones y quedarse en la memoria de los espectadores.



Además de sentir emociones, los usuarios también buscan cosas que le sorprendan, no el mismo contenido que solape una publicidad encubierta. El azar también puede ayudar mucho y es lo que hace que muchos vídeos, en general, se conviertan en virales. No es posible hacer un vídeo y esperar que triunfe él solo, es necesario estudiar a la audiencia, hacer un trabajo en equipo y saber jugar con los elementos que se posee. Por ejemplo, Mekanism, compañía estadounidense que se dedica a lanzar virales, elige categorías en las que sea más fácil colarse en las listas de los más vistos, como pueden ser mascotas o anécdotas humorísticas. 

Como vemos, un viral hace que el mensaje se multiplique por cifras estratosféricas, que consiga un eco que ninguna otra campaña de marketing hubiera podido conseguir y que lo ofrecido quede en la mente del consumidor. Pero hacer que un vídeo corporativo o que un simple anuncio se convierta en un viral no es sencillo. ¿Qué debe hacer una marca para lograrlo? ¿Cuál sería su secreto? Es un misterio para cualquier empresa, ya que el secreto está en el interés que cada uno de nosotros mostremos por esos contenidos.




Escrito por Mariela B. Ortega


The Last of Us, la supervivencia en juego

27 agosto, 2014

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La compañía Naughty Dog se ha caracterizado por ofrecer aventuras gráficas desde su creación en 1986 bajo el nombre de JAM (pasando a su actual nombre en 1996) hasta la actualidad, ofreciendo franquicias tan conocidos como Crash Bandicoot para Playstation 1, Jak & Daxter para Playstation 2 y Uncharted para Playstation 3 y 4. El prestigio de esta desarrolladora de videojuegos ha ido aumentando y ha alcanzado su culmen con la aventura de supervivencia y acción que nos trajo en el verano de 2011 con el título The Last of Us.


De esta forma, siguiendo la estela de juegos de supervivencia, especialmente el denominado survival horror, compartiendo género con otros grandes juegos como Resident Evil, pero también de ciertos juegos de rol en la cuestión de recolección de objetos y creación de herramientas de trabajo, así como el aumento de las características del personaje. Precisamente, guarda cierta similitud con el videojuego fallido que es I am Alive, título que da la sensación de incompleto y que se centra especialmente en la escalada como elemento fundamental, pero que tiene ciertos elementos, como la posibilidad de apuntar con un arma sin munición para disuadir a los enemigos, que hubieran sido ideales para incorporar a la pieza tan completa que ya es esta aventura.


La historia nos sitúa en un mundo post-apocalíptico, otro elemento clásico no solo de muchos videojuegos, sino de muchas creaciones cinematográficas y literarias, donde una infección a través de unas esporas ha comenzado a convertir en seres horrendos y caníbales, trasunto de los zombies habituales, a los seres humanos corrientes. El prólogo nos pone en la piel de un padre, Joel, y su hija Sarah, de doce años, que deben abandonar su casa ante la epidemia causada por el hongo Cordyceps. Tras esta huida, transcurren veinte años hasta que ocupamos de nuevo, y esta vez para casi todo lo restante del juego, el cuerpo de Joel, convertido en contrabandista en un mundo que ya no tiene similitudes con el nuestro, y que lo ha convertido en un hombre duro, frío y desapegado. El encargo de llevar a una niña, Ellie, en busca de las Luciérnagas, un grupo de resistencia contra las acciones del ejército, cambiará su vida en un viaje que también será interior y donde el jugador podrá sentir la dureza de este mundo a través de los distintos personajes que desfilarán por la pantalla.


Aunque da la sensación, por diferentes objetos, de que esta aventura podría haber sido un mundo abierto, lo cierto es que se divide en capítulos y resulta estar cerrado a un camino desde un punto a otro, aunque con la opción de poder investigar gran parte del escenario o dedicarse en exclusiva a avanzar hacia el destino. El juego nos invita a explorarlo todo para conseguir la multitud de coleccionables que contiene, imposibles de recolectar en una partida y obligando, por tanto, a revisitarlo. Tampoco se trata de un juego donde malgastar munición o recursos, ya que nunca sabremos cuándo recuperaremos las balas gastadas o los utensilios necesarios para volver a tener un botiquín, por ejemplo, lo que nos obliga a pensar nuestra estrategia de avance entre hordas de bandidos o de infectados. 


Si bien es cierto que la dificultad es progresiva, algunos niveles resultan repetitivos, faltando una variedad mayor de infectados o de situaciones, aunque es cierto que el juego sabe dar una vuelta de tuerca en su trayecto final, tanto en el penúltimo capítulo como en el último. No obstante, la inteligencia artificial del juego falla en ocasiones y nos deja al descubierto con cierta facilidad si nos descuidamos. Tampoco existe propiamente un jefe final, salvando una excepción donde deberemos plantear una estrategia para derrotar a un enemigo superior a nosotros, y no precisamente en el final del juego, lo que ofrece algo variado respecto a lo que estamos acostumbrado. 

La historia, por su parte, resulta previsible en ciertos momentos, debido sobre todo al conocimiento que tengamos del género, pero logra mantener la intriga en ciertos pasajes y no se estanca nunca, ofreciéndonos intensidad y tensión a partes iguales. El final resulta abrupto, quizás marcando una posible segunda parte, quitando el hecho de que exista ya un DLC (una maldita moda existente en la actualidad que va contra la idiosincrasia de lo que eran los videojuegos en origen) que cuenta una historia anterior y paralela al juego. Resulta también curioso que ya tenga una remasterización para la nueva consola de Sony, quizás aprovechando el éxito, completamente justificado, que ha tenido, pero que resulta anómalo para un juego que lleva tan poco tiempo en mercado.


Para finalizar, no podemos dejar escapar en esta valoración y reseña la estupenda banda sonora, centrada sobre todo en la guitarra, compuesta por el argentino Gustavo Santaolalla y que logra aumentar las emociones del juego y, sobre todo, la soledad inquieta de esta gran aventura de supervivencia creada por Naughty Dog



Adaptaciones (XXX): 20.000 leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer

25 agosto, 2014

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La adaptación cinematográfica de la conocida novela de Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1869-1870), corrió a cargo del guionista Earl Fenton (1909-1972), para la productora de Walt Disney (1901-1966). Se trató de un empeño personal del propio Disney, tras una cesión de derechos por parte de George Pal (1908-1980), que en esos momentos era el poseedor de los mismos.

En la producción intervinieron además, el decorador John Meehan (1902-1963), el diseñador (del Nautilus) Harper Goff (1911-1993), el fotógrafo Franz Planer (1894-1963), en extraordinario tecnicolor; el editor Elmo Williams (1913), y el músico Paul Smith (1906-1985), cuya inspirada banda sonora ha sido recientemente objeto de una cuidada reedición. Todo este equipo fue debidamente orquestado por el excelente realizador Richard Fleischer (1916-2006), hijo del animador Max Fleischer (1883-1972), al que Disney encomendó –de nuevo personalmente y con la aquiescencia del progenitor, rival en los negocios-, la dirección de la magnum opus.

El resultado es una obra maestra del calado de 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 leagues under the sea, Walt Disney Productions-Buena Vista, 1954).

Kirk Douglas junto a Richard Fleischer
Del mismo modo que sucede en la novela, el punto de vista del relato le corresponde al profesor de ciencias Pierre Aronnax (Paul Lukas), produciéndose un trasvase bastante fiel de los caracteres literarios a los cinematográficos: los personajes quedan perfectamente definidos desde un primer momento. Así, Conseil (un estupendo Peter Lorre) es el responsable y meticuloso secretario del maduro profesor, y el arponero Ned Land -apellido nada baladí- (Kirk Douglas, con su acostumbrado buen hacer), un sujeto arrojado y bon vivant que deambula por los muelles de San Francisco (en el libro, los personajes parten desde Nueva York).

Con la propuesta de zarpar hasta oriente (con destino a Saigón), recorriendo los Mares del Sur, los personajes se embarcan en la fragata Abraham Lincoln, que, de paso, trata de averiguar si es cierta la existencia del formidable monstruo de los mares. Atendiendo a un desarrollo más dinámico, el relato queda condensado a un solo año: el de 1868.


Si siempre existe el peligro de que la tecnología aleje a las masas del potencial artístico, en lugar de acercarlas, el capitán Nemo (James Mason, espléndido como siempre), ha conseguido amalgamar ambos extremos gracias a su submarino, que contiene los mejores avances que ofrece la ciencia, junto a inestimables tesoros del genio humano; aunque para su desgracia más íntima, esta técnica también quede al servicio de la destrucción. Como le recuerda el profesor Aronnax, “la perfección no existe en el ser humano”.

Irónicamente, la libertad de Ned condena al resto de la humanidad a prescindir de los descubrimientos que se hallan tanto a bordo como en el refugio de la Isla de Vulcania, estos últimos destruidos por el propio Nemo. Más aún, cuando la “civilización” llega a la Isla, lo hace abriéndose paso a tiros (y no para defenderse, precisamente).

De este modo, la película incide en la escisión de caracteres de la novela, un cisma ontológico entre aquellos hombres que pueden vivir en una soledad escogida y placentera, y aquellos que no pueden vivir sin personas a su alrededor, y valoran la vida por encima de los avances científicos u otros descubrimientos fabulosos. Más aún, Nemo no tolera a la “gente de la superficie”, salvo a aquellos con los que coincide intelectualmente. Para él, el mar es “el lugar donde está la verdadera independencia”. Pero la independencia para Nemo está ligada no solo al retiro, sino también a la muerte.


La película aporta, gracias a su excelente guión y realización, apuntes brillantes y novedosos. Por ejemplo, cuando a Ned Land, una de las alarmas en alta mar lo pilla afeitándose; el momento distendido que supone la canción que precede a la aparición del “monstruo”; el remo fracturado que muestra el arponero durante la refriega con los tripulantes del Nautilus, tras la embestida a la fragata; o ya a bordo del submarino, la guitarra hecha con el esqueleto de una tortuga. 

A estos detalles, debemos añadir momentos como la inmersión del Nautilus con los molestos visitantes en su exterior, instante que proporciona a Nemo una prueba de lo que es la lealtad. O aquel en que el profesor mira extasiado por la claraboya del submarino (en un principio, Fleischer se reserva el contraplano), junto con la secuencia en la que los visitantes penetran en su interior, situación que posee la habilidad de concretar la disposición espacial del submarino con la contemplación de todo un “nuevo mundo” acuático.

O en definitiva, las imágenes del sumergible surcando las aguas, lo que incluye ese final en que el capitán abre la escotilla de visión antes de “morir”, y que relaciona a ambos personajes. Y es que el Nautilus es Nemo. Herido uno, el otro está irremediablemente condenado. El realizador, en todo momento, no sacrifica la plasticidad y belleza de un plano general –del cinemascope-, por un primer plano de compromiso.


Entre las curiosidades de la producción, podemos destacar que para operar al cefalópodo mecánico durante el encuentro del Nautilus con el calamar gigante, hicieron falta hasta sesenta técnicos, tratándose de una secuencia que hubo de filmarse dos veces. Una primera, llamada del “calamar al atardecer”, fue desechada por Disney a favor de la que contiene la película, que transcurre en un escenario nocturno y con tormenta.

Además, en el libro, durante su recorrido por el Polo Sur, se hace mención a que una foca puede ser adiestrada (XIV, parte II). Esto da pie a la incorporación de Esmeralda, la simpática mascota del capitán Nemo. En cuanto al propósito “no científico” del Nautilus, no será hasta casi concluido el libro que se desvele el misterio de Nemo y sus ataques a los navíos (XXI, parte II). En la película somos conscientes mucho antes. Como sucede con el tripulante que avisa de que “un nuevo cargamento de muerte ha partido”. De este modo, los temas más ariscos, no es que queden diluidos a favor de la acción, sino que se disponen y concretan de otra forma.

Como última curiosidad, el año del estreno (acaecido el 23 de diciembre de 1954), se botó el primer submarino impulsado por energía atómica, que fue bautizado con el nombre de Nautilus.


Unas últimas palabras para referirnos a la versión muda. En los inter-títulos iniciales de la simpática y contemplativa Veinte mil leguas de viaje submarino (Stuart Paton, Universal, 1916), se recuerda la condición de adelantado de Julio Verne “por cincuenta años” (estamos en 1916).

El profesor Aronnax (Dan Hanlon) está en Nueva York y en compañía de su hija (Edna Pendelton), personaje agregado para poder ser emparejado con un heroico y apuesto Ned Land (Curtis Benton). Tanto el profesor como el capitán Nemo (Allen Holubar) se nos muestran más maduros de lo que son en el original; en el caso de Nemo, su personaje queda además más “humanizado” y hace gala de un aire zíngaro que solo la conclusión explica. En realidad, la presente versión es un cruce con otra de las más populares creaciones de su autor, La isla misteriosa (L’îlle mystérieuse, 1875), muy libre, desde luego, pero con encanto. Lo evidencia el hecho de que se aventure todo un pasado para el capitán Nemo, en el que no se desprecia el relato de crímenes y fantasmas, hasta que las tres historias (el pasado de Nemo, su presente con los invitados al Nautilus, y los náufragos que han ido a parar a la Isla), convergen gracias a la conexión del personaje de Charles Denver (William Welsh), antiguo “hombre de confianza” de Nemo y responsable directo de la deuda que ha contraído este príncipe indio, felizmente resuelta (aunque el relato culmine con el funeral del propio capitán).

Destaca un Nautilus rudimentario aunque equipado con torpedos, los llamativos virados a color para distinguir ambientes, y el empleo de un mecanismo denominado “fotosfera” (photosphere), una campana de cristal para poder filmar bajo el agua.

Walt Disney (derecha) junto a Kirk Douglas y sosteniendo el Nautilus
Verne fue el primero en querer ilustraciones para sus libros; en la adaptación de Disney y Fleischer, la caligrafía de Verne se muestra en imágenes, condensadas pero totalmente fieles a su espíritu.

Escrito por Javier C. Aguilera


El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Felix Herngren

23 agosto, 2014

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El humor absurdo venido desde Suecia triunfó en forma de best-seller por parte del autor Jonas Jonasson y sus títulos largos, una tendencia semejante a la de Albert Espinosa o a la del fallecido Stieg Larsson, aunque su contenido dista del de estos. Poco vamos a referirnos a los valores literarios de sus novelas, pues no son desconocidas, pero sí de una película que adapta el libro y de sus valores cinematográficos. Felix Herngren se pone en la dirección de este film tras varias comedias, especialmente para televisión, y cuenta con otro actor cómico de cierto nombre en su país, Robert Gustafsson, para interpretar la vida de este abuelo tan especial.


Como es habitual en el cine, la película cuenta una doble historia, la del pasado del protagonista a través de flashbacks y la de su presente centenario, con la huida de la residencia donde habita en busca de su objeto de deseo más importante: los explosivos. De esta forma, y cumpliendo con el título, El abuelo que saltó por la ventana y se largó, empieza a relatarnos la marcha de este hombre y las casualidades que, junto con su actitud dejada, provocarán toda una aventura en la que las cosas le saldrán excesivamente bien. Como sucediera con Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), esta película nos narra las peripecias vitales de un hombre que ha vivido acontecimientos importantes del siglo XX con gran simpleza mental y un determinante deseo por explotar cosas con dinamita, similar al correr de Forrest. Lamentablemente, Allan está carente de algo que Forrest tenía en demasía: carisma, alma, cierta humanidad.


La historia del presente se centra en una trama relacionada con negocios turbios e investigación policial donde se irán enredando una serie de personajes que aceptaran todo lo absurdo de la situación con naturalidad, pese a su desconcierto inicial. No es extraño: ellos tampoco suelen llevar una vida corriente. Tenemos a un hombre maduro que habita una estación abandonada en la más absoluta soledad, un eterno estudiante que ha empezado mil y una carreras y una especie de ecologista que convive con un elefante y cuya antigua pareja es un hombre enloquecido de celos. 

Y todos intentan convivir en la huida con un maletín que contiene una fortuna y a la caza de la cual se encuentran diferentes delincuentes que irán perdiendo ante este curioso grupo como si se tratasen de malvados de dibujos animados: les sucede de todo y todo, de manera ridícula. Hemos dejado aparte la ineficacia del cuerpo policial, que seguramente contenga una crítica sutil pero eficaz de la poca profesionalidad de algunas personas.


Por su parte, la parte del pasado de nuestro protagonista recorre acontecimientos como la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, el proyecto Manhattan, el dominio soviético de Stalin y los gulag, de donde consigue escapar, así como años de doble espía durante la guerra fría. Pero no será un simple espectador, sino que estará presente en todas ellas, llegando a conversar con Franco, Stalin, Churchill o los científicos que estuvieron detrás de la bomba atómica. Fragmentos que resultarían muy interesantes si no se hubiera recurrido a toda una serie de tópicos y situaciones absurdas que no logran ser un buen contrapunto a Allan Karlsson, nuestro protagonista.

El pretendido humor no encaja bien si la actitud de Karlsson se entrelaza con escenas rocambolescas, como un Franco invadido por los tópicos andaluces o un Stalin alegre con sus copas de vodka. Tan solo algunos personajes norteamericanos logran ese efecto, precisamente en la parte de la creación de la bomba atómica se logra una situación que aprovecha las características del personaje con la necesidad de los científicos. También es remarcable las escenas enmudecidas del espionaje.


Toda la historia del siglo XX podría haber resultado muy interesante, y sin duda, funciona mejor que la carrera, casi una road movie de la historia del presente, con intentos de escenas humorísticas que resultan predecibles, como el momento en que Karlsson salta por la ventana, donde se pretende dar la sensación de que el salto es bastante pronunciado, pero tan solo está en un primer piso, podría ser efectivo de no haber sido porque justo antes habíamos visto que la habitación estaba a ras de suelo. No obstante, contiene tantas situaciones que alguna provocará la carcajada del espectador.  

La calidad visual es buena, aunque está claro que la influencia de la carrera televisiva de Herngren afecta a los recursos que se emplean en la película, como el uso de los zoom para advertir situaciones que intenta hacer ver por graciosas, aunque no las sean, así como algunos primeros planos. Pero, en definitiva, una película insuficiente, este podría ser el calificativo que otorgáramos a este film, que si bien parecía tener una historia interesante y cómica, y que realmente logrará la risa de algunos, no aprovechó lo que le otorgaba el material original y se alarga en lo que debería haber sido algo más entretenido.





Clásicos Inolvidables (LII): Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne

22 agosto, 2014

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El ejemplar de Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1869-1870), ofertado por Alianza (el que dispongo es de 2002, pero habrá ediciones posteriores), se acompaña de un acertado prólogo del traductor y periodista Miguel Salabert (1931), que data de 1978 -con las debidas puntualizaciones posteriores-, y que la editorial ha tenido el buen criterio de ir perpetuando. En él, Salabert puntualiza oportunamente la adscripción de Julio Verne (1828-1905) a la pura literatura, más allá de su carácter como anticipador, circunstancia tan reiterada que ha acabado convirtiéndose en un lastre.

En estas últimas décadas, nuestra percepción de la ciencia ficción se ha visto visiblemente enriquecida, aunque a veces resulte un engorro separar lo bueno de lo intrascendente. Y es que una obra de género puede estar muy bien escrita, como una película muy bien filmada, pese a que la antaño motejada como “literatura de evasión” -concepto que a Ned Land, uno de los protagonistas del libro, sin duda habría hecho bastante gracia-, ha sido por lo general despreciada por los filólogos (ha habido excepciones, como la del filósofo y semiólogo Roland Barthes o nuestro Fernando Sabater).

Además, el escritor francés, uno de esos autores felizmente populares, cuyo nombre puede emplearse en francés o español indistintamente, estando impregnado de la atmósfera enciclopedista y positivista -¡en un sentido positivo!, el que conlleva la parte más digna de todo el proceso de la industrialización-, solía, cual Kubrick de las letras, dotar a sus tramas de “verosimilitud”, proponiendo un fértil juego entre la realidad y la imaginación. Su labor con la documentación venía animada por los avances técnicos de su época, en un momento en que, además, estaba cobrando gran importancia el desarrollo de los medios de comunicación (algunos creen que es cosa de hace cuatro días).


En su prólogo, Salabert resalta también la estructura mítica e iniciática del relato de Verne (pg. 13). Nemo (Nadie) es como Odiseo, siendo los aspectos mitológicos una constante en las creaciones del escritor, que de igual forma manifestó en su obra sus conflictos y aspiraciones más íntimas; el hombre que quería ser. De este modo, el capitán Nemo es el personaje que más quintaesencia al autor, aunque los grabados del libro lo muestren con la imagen de su editor, Jules Hetzel (1814-1886), y al profesor Aronnax con los suyos propios.

Ahora bien, esto no priva al capitán del Nautilus de ásperas aristas. En su devenir, Nemo trata de favorecer a los oprimidos sin caer en la cuenta –salvo tal vez al final, debido a la beneficiosa cercanía de Aronnax-, que sus resoluciones resultan igualmente violentas y arbitrarias en su afán por “acabar con la injusticia”, aspecto que incluye a manatís, focas y ballenas en peligro de extinción (XVII, II) (una vez más, una obra que emerge a la actualidad; eso, o es que el hombre permanece inmutable en sus errores).

Junto a estas consideraciones, Julio Verne imprime toda una refrescante catarata de verbos, adjetivos y sustantivos… “la magia sonora de las palabras(22), participando del estilo e intenciones de otros autores coetáneos o colindantes, como son Hugo, Baudelaire, James McPherson –Ossian-, Byron, Poe, Coleridge, Hoffmann, Novalis, Rimbaud, Lautréamont o Melville.


Además de presentarse originalmente en dos tomos –por ejemplo, en su primera edición española y francesa, por este orden-, Veinte mil leguas de viaje submarino se articula en dos partes. Haciendo un breve resumen, sin tratar de desvelar todo el periplo argumental, la narración se abre con la aparición de un nuevo misterio marítimo en forma de “monstruo”. Esto ocurre en 1866, un año plagado de “avistamientos” y especulaciones, con la genial apreciación del fenómeno en los “países de humor ligero” (cap. I, parte I), en los que el hombre ya no incorpora estos portentos al mito, sino a la chanza.

La acción salta entonces al siguiente año, en el que tres personajes topan con el submarino Nautilus, después de que este arremetiera contra la fragata americana Abraham Lincoln que los transportaba y que ha venido acosando a la criatura de forja.

A partir del capítulo segundo (parte I), la narración ya se focaliza en la persona del profesor del Museo de Historia Natural de París, Pierre Aronnax, de cuarenta años. Le acompaña su doméstico de origen flamenco, Conseil, de treinta, completándose el trío con el impulsivo arponero canadiense Ned Land, de cuarenta y ocho años, hombre más vitalista que imaginativo.


Verne compone muy bien a sus personajes principales: Aronnax llega a quedar fascinado por el amplio abanico de estudio que se le ofrece; Conseil, que se ha arrojado al agua tras su señor, muestra una abnegación impertérrita de tono humorístico –en un sentido positivo, nuevamente-, y la impetuosidad de Ned Land, proporciona tanto momentos de valentía a la hora de hacer “causa común” como de tensión. Entre Conseil y Ned Land, se encuentra el profesor Aronnax, aunque nunca dejan de llevarse bien entre ellos.

Podemos destacar la escena en la que, siendo prisioneros en un cuartucho (VIII, I), tratan de hacerse entender en hasta cuatro lenguas distintas, entre ellas el latín, ante los tripulantes del Nautilus: una situación que recuerda la del profesor Lidenbrok en la adaptación cinematográfica de Viaje al centro de la tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864), cuando está prisionero en un almacén de plumas. Del mismo modo, señalemos el hecho de que el profesor no pueda conciliar el sueño, a tenor de los acontecimientos, o porque se pasa la noche en vela reflexionando –lo especifica en varias ocasiones-, a diferencia de sus otros dos compañeros. No en vano, ¡se nota a la legua que Verne lo pasa bien escribiendo!


El otro gran personaje, se diría que de toda la obra verniana, es por descontado y como anticipábamos, el capitán del Nautilus, un protagonista cuya presencia se fundamenta muchas veces en su ausencia (XVI, I), y hombre que ha elegido el arte del ser humano como lo único que vale la pena estimar de este (aunque sea un elemento que no redima a la mayoría). Las colecciones que muestra con orgullo a Aronnax son “los únicos lazos que me ligan con la tierra(XI, I). Poco después, añadirá con acierto que “los maestros no tienen edad”, refiriéndose a músicos, escritores y pintores (XI, I). Y es que hasta un solitario como él aspira a hallar su alma gemela.

Naturalmente, junto a los tesoros que encierra el Nautilus, está el submarino mismo -cuyo nombre remite a una milenaria criatura, que es una suerte de batiscafo vivo-, con toda su avanzada tecnología (XII, XIII; I), lo que incluye información acerca de cómo se fabricó y dónde (un islote, remedo de la Vulcania de la posterior adaptación cinematográfica; XIV, I).

Todo este baño de “verosimilitud” no ahoga al lector, gracias a la prosa de Verne, que si bien resulta a veces prolija en datos y clasificaciones (un ictiólogo ha de sentirse como pez en el agua), acaba por envolver y fascinar al lector curioso -no pienso solo en presente-.

El resto de personajes permanece en un off narrativo, una tripulación “hermética”, de distintas nacionalidades (XIX, I), que parece disponer de un idioma de convención, otro aparte dispuesto para alejarse lo establecido.

Entre los más divertidos diálogos que acontecen a los tres invitados del Nautilus, está la graciosa conversación de Land y Conseil sobre la clasificación de los peces (XV, I).

De igual modo, no podemos dejar de recordar la visita a la Isla de Crespo, con el empleo de las balas eléctricas (XVII, I), o el hecho de que Nemo ayude a Aronnax a resolver el misterio de la desaparición de unos expedicionarios franceses, cuyos buques naufragaron (XIX, I). A estos momentos se suman la visita al “Reino del Coral”, donde se inhuma a un tripulante del Nautilus (y capítulo con que termina la primera parte; XIV), la excursión por el banco de las madreperlas, donde Nemo se enfrenta a un tiburón, salvando a un lugareño de morir ahogado, como si él fuera responsable de lo que sucede bajo el agua (II, III; parte II), la excursión a las ruinas de la Atlántida (IX, II), idea retomada de nuevo en la versión cinematográfica de Viaje al centro de la tierra (Journey to the centre of the Earth, Henry Levin, 1959); la travesía por el Mar Rojo, donde aún no se ha abierto el Canal de Suez (lo haría en 1869), y que incluye un paso hacia el mar Mediterráneo; o la bella la idea de que los grandes esfuerzos de la superficie son ofrecidos generosamente por la naturaleza bajo las aguas, lo que conlleva la ingratitud del hombre por el mar. “El vapor parece haber matado el agradecimiento del corazón de los marinos”, comenta el capitán (IV, II).

Además, Nemo es pionero en marcar peces como forma de investigación; en este caso, para confirmar si existe una vía submarina que comunique el Mediterráneo con el referido y mítico Mar Rojo (V, II).


Por su parte, las reflexiones de Aronnax demuestran que la existencia depende del punto de vista. En efecto, lo que Verne ofrece a sus personajes y al lector es “otro punto de vista”. Los pasajeros del Nautilus son, en este sentido, unos privilegiados, sobre todo teniendo en cuenta que en las eras de gran tecnificación, el conocimiento no está necesariamente próximo, sino flotando en un limbo.

Lo ilustra, por ejemplo, el momento en que el submarino se desliza por el Estrecho de Gibraltar, cuajado de navíos y de vidas truncadas (VII, I). Más adelante, descubrimos de dónde saca Nemo su peculio (mantengamos el suspense); precisamente, en un capítulo en que Aronnax se pregunta por los orígenes del capitán (VIII, II).

En Veinte mil leguas de viaje submarino no es extraño que la belleza se acompañe del peligro. La contemplación de un espectáculo “fascinante” bien puede desembocar en una situación límite, como sucede cuando un iceberg obstruye el paso al Nautilus (XV, II), cuando se cumplen seis meses a bordo. La naturaleza no está exenta de crueldad. Como comenta Nemo, “se puede desafiar a las leyes humanas, pero no se puede resistir a las leyes de la naturaleza”. Durante este incidente, la contemplación ha dado paso a una gran tensión, en la que todos toman parte tratando de liberar al submarino, enfrentándose a la escasez de oxígeno y a la propia congelación de las aguas líquidas que les circundan (XVI, II).

Por supuesto, no podemos dejar de destacar el encuentro con los pulpos gigantes (XVIII, II), uno de los episodios más recordados, debido sobre todo a la adaptación cinematográfica –allí, un calamar gigante-. Cabe que en este episodio, Julio Verne sí esté haciendo ciencia ficción “pura y dura”, de forma consciente. De hecho, la aparición del “monstruo” cefalópodo está trufada de humor, con bromas sobre el tamaño de los pulpos, aunque el desenlace se torne amargo para Nemo, que pierde a un segundo hombre. Además, será Ned quien, devolviéndosele un favor anterior, reciba la ayuda del capitán.

En Veinte mil leguas de viaje submarino confluye el amor por la libertad, que es algo distinto del mero compromiso ideológico –pues implica sumisión u obligatoriedad-. Es cierto que en el caso de Nemo se acompaña de una soledad sopesada, pero para el personaje esa soledad es relativa: en el mar solo se está aislado de seres humanos. Su problema es que, en su obstinación, su humanitarismo se ha acabado asemejando a esas “flores sin alma” que Aronnax y Conseil descubren en una cueva sumergida (X, II).

Escrito por Javier C. Aguilera


Pasatos de jijala, de Bel

21 agosto, 2014

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Hace ya un tiempo dábamos a conocer en nuestro blog a Belén Gordillo, una polifacética jienense de puro arte. Tras el apodo de Bel se esconde su faceta más musical, la que alberga una portentosa, dulce y cautivadora voz, que combina con una gran faceta expresiva corporal en todos sus conciertso y un gran talento creativo en cuanto pisa el escenario. Y eso, se transmite. Por algo nunca se quiere bajar de él...


Como vemos, una portada evocadora de su querido mar y su querida luna. Sus zapatos, como sus proyectos, viento en popa. Ella, sentada con su amada guitarra, dejándose llevar en ese sueño. Sin prisa, pero sin pausa. Y es que este verano ha lanzado su esperado segundo trabajo, titulado Pasatos de jijala (su particular forma de llamar a los zapatos de gitana cuando era pequeña). Las canciones de Bel están repletas de magia y naturalidad, de las que podemos rescatar historias cotidianas y sentimientos encontrados, además de transmitir una esencia positiva cada vez que escuchamos un tema de la cantautora. Y eso, en directo, se multiplica aún más.

Presentación de Pasatos de jijala en el FEX Granada (23 de junio 2014). Fotografía de MB
Hemos tenido la suerte de asistir a una de las presentaciones de su disco, celebrada en Granada en un marco incomparable como el parque Federico García Lorca y en una noche única como lo es la noche de San Juan. Un concierto incluido dentro del marco de las actividades paralelas con motivo del Festival de Música y Danza de Granada. Pero no sólo lo ha presentado en la tierra alhambrada, lugares tan importantes para ella como Úbeda (Jaén), en su Festival Internacional de Música y Danza, o en el café Libertad 8 de Madrid son algunos de los lugares elegidos para que su gente y sus seguidores disfruten de un ambiente único para disfrutar de las canciones de su nuevo trabajo, sin olvidar algunos de sus temas anteriores incluidos en su maqueta, como Marta o Con vos.

Pasatos de jijala es la canción que da nombre al disco, además de ser el tema de presentación. Una balada emotiva, con un sublime acompañamiento a piano, en la que evoca su niñez y juventud y nos muestra cómo el arte y la música han crecido con ella a lo largo de su vida. Sin duda, una gran muestra de lo que nos espera en su nuevo trabajo.


En él encontraremos canciones enérgicas que contrastan con baladas intensas como la anterior, como el caso de Indigestión, en el que muestra su lado más femenino y seductor, o tamas como Creciendo¡Sí!, unos verdaderos cantos a la superación, la esperanza y a las ganas positivas de afrontar la vida. Ambas comparten unos ritmos tan pegadizos que es difícil no quedarse con sus melodías en la memoria.

Vínculo es una de esas canciones que nos dejarán con la emoción a flor de piel, un enamoramiento que no implica la pérdida de ese vínculo con nosotros mismos; al igual que Crisis, con una letra tan cercana y realista con una temática más social que nos hace ser partícipes de ese gran problema que llevamos años arrastrando en nuestro país.

Sin duda, cada una de las canciones de Bel tienen una esencia única, algo que hace distinguir esa intención con la que ha compuesto cada una. Melodías pegadizas, una voz dulce y melodiosa y unas letras que invitan a dejarse llevar por una compañía que nos haga sentir plenos, cual sirena que nos invite a soñar.

Escrito por Mariela B. Ortega


Clásicos Inolvidables (LI): Carta de una desconocida, de Stefan Zweig

20 agosto, 2014

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No nos sorprende que en nuestros tiempos de redes sociales e ídolos surjan reacciones desmesuradas de toda clase de personas, a los que llamamos fanáticos o fans, que hacen todo lo posible por resultar visibles para sus famosos favoritos así como sacrificando su tiempo para poder verlos o disfrutar de lo que hagan. Podemos incluso mencionar al amor platónico que muchos sienten por estas personas, situándose en una clara desigualdad, donde se quiere, pero se siente tan inferior respecto al otro, que se considera imposible una relación real. Todas las historias sobre estos amores imposibles suelen reunir cursilería y acontecimientos estrambóticos, todo lo contrario a lo que en 1922 nos ofreció el escritor austriaco Stefan Zweig con su novela corta Carta de una desconocida, una historia atemporal que consigue relatar una de estas relaciones imposibles entremezclando la devoción con una narración fluida y falta de juicio moral sobre sus protagonistas, eso queda para los lectores.


A Stefan Zweig nos acercamos anteriormente con los relatos recogidos en Noche fantástica y ya hemos mencionado en alguna ocasión su obra El mundo de ayer. La breve novela que comentamos lleva el título de Carta de una desconocida y nos traslada a la epístola de una mujer hacia un famoso escritor por el que ha sentido admiración desde que él se trasladó al piso de enfrente, siendo ella una niña. Esta historia de admiración pueril por una vida diferente a la suya desemboca en un amor febril y obsesionado que es mostrado con naturalidad por Zweig a través de las palabras de su narrativa.

Este amor arrastrará a nuestra protagonista a rechazarlo todo y, finalmente, a perderlo todo. Será precisamente su último pérdida la que le otorgue las fuerzas para hacer lo que nunca fue capaz: contárselo todo a su amado. Esta idea se refuerza en las partes en que se divide la carta, repitiendo al inicio de cada una cómo ha muerto su hijo. A lo largo de la carta no encontramos sentimentalismos innecesarios, pero sí la resignación de lo imposible, aquello que impide a la mujer desconocida darse a conocer a su amado, aún cuando se haya acercado hasta lo más íntimo. 

Por su parte, el escritor reúne entre sus elementos el hecho de ser un mujeriego y la permanencia en su forma de ser. Ella lo desvela en numerosas ocasiones en su carta, cuando ve que su casa sigue igual desde que era niña o que su actitud es la misma que antaño. Él es libre y esa libertad no tiene tiempo ni atesora recuerdos, lo que conduce a la indiferencia con la que trata a la protagonista: la indiferencia del olvido. El dolor de esta circunstancia es lo que retumba en la melancolía de la desconocida.

La fidelidad a un amor obsesivo que la ha marcado durante su vida la ha alejado de todo lo demás, incluso cuando pudiera ser beneficioso para ella y para su hijo, aún pudiendo haber esquivado a la muerte de esa forma o haberse acercado a él de esa forma. Ella también ha respetado su libertad, porque su amor ha considerado que él debía ser así y que, de cambiar, dependía de él mismo.

El destino de ambos se funde a través de este relato que concluye con un final de ciertos ecos fantásticos, como el aire que envuelve al escritor y su incapacidad, constante en toda la carta, de recordar a la mujer. Él también está solo, pero no ha sufrido lo mismo que la mujer; en verdad, no lo conocemos más que por las palabras de ella, unas palabras muy bien escogidas por Zweig, que nos adentra en una historia de entrega absoluta que parece descabellada y que apenas resulta creíble en tantas creaciones actuales que tratan de contarnos una historia similar.


Esta intensa carta fue llevada al cine por Max Ophüls en 1948, encabezando el reparto Joan Fontaine y Louis Jourdan, aunque también fue adaptada en 2001 por Jacques Deray y en 2004 por Xu Jinglei. Pero siempre es bueno acercarse a la escritura original, especialmente cuando pertenece a la pluma de un gran autor como fue Stefan Zweig.

Escrito por Luis J. del Castillo



El autocine (IV): Unearthly Stranger & The Devil Commands

19 agosto, 2014

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Cartel del film
En esta ocasión proponemos una sesión doble, cuyo nexo de unión es que se trata de adaptaciones de William Sloane (1906-1974), el autor que reseñamos con anterioridad. Alterando el orden cronológico, la primera película adapta la obra que referenciamos, El tiempo de la noche (1937), y la segunda, la novela The edge of running water (1939), solo disponible en inglés, si mis datos son correctos.

Unearthly stranger (al no haber sido estrenada en España solo consignamos su título original), fue una producción de Independent Artist distribuida por American International, realizada en 1963 pero estrenada al año siguiente. Fue dirigida por el apenas conocido John Krish (1923), y pese a tratarse de un producto “B”, constituye la única adaptación “oficial”, aunque encubierta, con que de momento cuenta la estupenda novela de Sloane. Pero como sabemos, “B” no es necesariamente sinónimo de pobreza artística -si acaso material: lo que tampoco es “necesariamente visible”-. Unearhtly stranger cuenta con buenos momentos e ilustra, más o menos con fidelidad, el concepto del original, pese a que en los créditos solo se especifique que el argumento es una idea del actor Jeffrey Stone (1926-2012), desarrollada por el guionista y productor Rex Carlton (1915-1968).


Al principio del relato vemos a un joven, Mark Davidson (John Neville, el espléndido Holmes de Estudio de terror), corriendo por una ciudad, presumiblemente Londres, atenazado y prácticamente sin resuello. Al llegar al edificio de oficinas donde trabaja, toma un magnetofón, y dirigiéndose a todos aquellos receptores a quienes pueda interesar, narra el motivo de su aprensión.

Ésta será la tónica del relato visual: la plasmación de una atmósfera opresiva y amenazadora, y la concentración de la línea argumental en unos pocos decorados: unas oficinas y la casa de campo de Davidson, junto a algún que otro plano exterior para enmarcar la trama, y otro par de momentos en el interior de un vehículo. Pese al –inevitable- recorte de la riqueza de la narración original, este ambiente opresivo, junto con los efectos de la banda sonora de Edward Williams (¿?), favorecen la premisa del modelo literario, por la que un ente cósmico y torvo adquiere forma humana.


De hecho, asistimos a una representación dialogada de la trama original, mediante el aprovechamiento del espacio, y a su vez, por medio de planos medios o cortos. Pero decíamos que la película contiene buenos momentos, e incluso añade, para enriquecer un argumento trasladado a un metraje reducido, alguna que otra idea interesante. Como la del ataúd que contiene a una de las víctimas por radiación, luego repleto de ladrillos, y que finalmente alguien hace desaparecer. O la presencia en la empresa aeronáutica donde trabaja el protagonista, del jefe de seguridad, el mayor Clarke (Patrick Newell), y de una secretaria, Miss Ballard (interpretada con su acostumbrada eficacia y fisonomía por Jean Marsh).

Podemos añadir la fotografía de la flamante esposa de Davidson sobre la mesa de su despacho, y sobre todo, la secuencia en la que esta, de nombre July (Gabriella Licudi), es vista en la cocina por el profesor John Lancaster (Philip Stone), soportando unas altas temperaturas. A esta situación se suma, poco después, otro momento excelente, aquel en que la propia July espanta a los niños de un colegio -ese sexto sentido de los niños-, que denota que su presencia es incompatible con la vida, tal y como la conocemos. De hecho, Mark piensa que su esposa está muerta cuando, de vuelta a casa, la contempla tendida en la cama.


De este modo, el personaje de la joven esposa sobrepasa su condición “camuflada” para convertirse en la figura realmente trágica de la historia. Abundando en ello, otro apunte brillante son los surcos en sus mejillas, producidos por las lágrimas (formadas por una química diferente). July es en la película más víctima que verdugo; o en cualquier caso, un ser que, como el propio Mark comenta antes de identificarlo, “si puede respirar, puede pensar”.

De hecho, el sacrificio final corresponderá, en celuloide, a otra persona, ella misma, puesto que existen otras fuerzas de las que Julie forma parte; toda una avanzadilla liderada por una mente mucho más fría que la suya. En la resolución, destaca el travelling frontal hacia Mark Davidson, que patentiza ese otro -y verdadero- mal, a modo de una conspiración que se refleja en los impávidos rostros de los transeúntes que lo contemplan, retratados a base de angustiosos primeros planos.

Unearthly stranger es la curiosa realización de un director que incluso llegó a adaptar a Evelyn Waugh (1903-1966), con Pendiente y caída de un cándido mirón (Decline and fall of a bird watcher, 1968).

Cartel del film
The devil commands (Columbia, 1941, conocido en español como Más allá de la tumba) comparte con la precedente un metraje reducido, que es distinto de insuficiente, porque está bien aprovechado (al revés de esas películas que parecen no acabar nunca). Se trata, como apuntábamos, de otra adaptación de William Sloane, en este caso, de su novela The edge of running water (1939), razón por la que también la incluimos en este apartado.

No se trata de una película tan “oculta” como la anterior, aunque sí compartiría la etiqueta de “cult movie”. La diferencia estriba en que fue producida por un gran estudio, Columbia Pictures, y fue realizada por un estupendo director, Edward Dmytryk (1908-1999). Además, la música de archivo incluye fragmentos de Victor Young (1900-1956) y George Antheil (1900-1959), entre otros. Historia simplificada pero eficaz, The devil commands forma parte del ciclo dedicado a la figura del “científico loco”, que el estupendo Boris Karloff (1887-1969) interpretó para la productora -y entre las que también sobresalen The man with nine lives (1940) y Before I hang (1940)-.


Mixtura de cine negro, que proporciona la estructura en flashback, terror sobrenatural y ciencia ficción -algo que presumo forma parte de la novela-, el relato comienza siete años después de los hechos, con la única imagen del último caserón que habitó el doctor Julian Blair (Karloff) para poder llevar a cabo sus experimentos, puntuada por la voz en off de su hija Anne (Amanda Duff).

Esta exposición se acompaña de un travelling de acercamiento al principio del relato, y otro de alejamiento al final, y en él se habla del progenitor en pasado, sin que quede claro –acertadamente- su destino: en este caso, la desaparición puede no ser sinónimo de muerte. A continuación, la acción se sitúa en el “presente”, donde averiguamos que las investigaciones de Blair se centran en la captación de unas señales emitidas por el cerebro, cuyo impulso no se extingue con la muerte física (algo así como una psicofonía). Un elemento hermana esta elipsis: la lluvia.


El relato de la hija confirma que lo peor se ceba muchas veces con las mejores personas, y que más allá de esa muerte física, existe la posibilidad de establecer comunicación con los difuntos, desde una perspectiva científica (es decir, bajo criterios empíricos).

Pero no es solo esta posibilidad lo que mueve al doctor Blair, sino la cerrazón casi anti científica de sus colegas de universidad, que hará que Blair abandone su cargo para poder efectuar sus investigaciones con relativa libertad.

A partir de ahí, y siguiendo un consejo del bedel Karl (Cy Schindell), el doctor entra en contacto con una médium, miss Blanche Walters (Anne Revere), emparejamiento que nos depara una sorpresa excelente: la médium resulta ser una farsante en apariencia, porque sin ella sospecharlo, posee una habilidad innata como “conmutador”, lo que la convierte en una sensitiva en potencia, que servirá a Blair en sus experimentos: su cerebro emite señales muy fuertes. La espléndida idea se redondea con el hecho de que una médium sirva a una causa de carácter científico, pese a caer en la criminalidad. Y es que, con todo, entra en juego la parte “negra” (¿humana?) del relato, cuando unas desapariciones apunten a la extraña pareja, como consecuencia de su marginación (en la línea de lo que le sucedía al barón Frankenstein propuesto por la Hammer).


Sobresalen bellas imágenes, como la referida casa junto al acantilado (como queda comprobado, una querencia de Sloane, y un sugerente trabajo del diseñador de producción Lionel Banks; 1901-1950); el hecho de que las mujeres produzcan unas ondas cerebrales más intensas que las de los hombres, la visita al laboratorio de la doméstica, por encargo del sheriff del condado, o ese vórtice que se genera cuando los cerebros que toman parte en el experimento, han establecido contacto.

Incluso las consabidas hordas del populacho, que nos retrotraen a anteriores producciones clásicas, son un acertado guiño, ya que no logran completar su propósito (aunque el objetivo se acabe cumpliendo de forma distinta).


De este modo, el doctor Blair es más un hombre consumido por la pena que por el ansia de saber (un saber que puede devolverle a la persona a la que ha amado), y que finalmente, tiene razón en sus premisas (¿o acaso solo él escucha la voz de su esposa muerta?).

En efecto, a pesar de lo que el cartel de la película pretende sugerir, The devil commands es en realidad una historia de amor: la de un hombre que no se resigna ante la muerte de su cónyuge y desea, por encima de todo, traerla de vuelta, aunque su vida (corpórea) ya sea otra forma diferente de estar (etérea). En definitiva, su búsqueda es la confirmación de la permanencia.

Escrito por Javier C. Aguilera


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