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31 marzo, 2014

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Órgano de la catedral de Granada (Fotografía de MB)
Aunque marzo supere en días a febrero, no hemos sido capaces de superarlo en entradas, pero sí en visitas, rozando las 14.000 con una media de 500 diarias. Superamos también los meses de marzo de años anteriores, con un crecimiento constante. Así seguimos también en nuestros seguidores, sumando uno más en Blogger, con 142 actualmente, cuatro más en Twitter, con 254, y cuatro más en Facebook, alcanzando los 94 me gustas.

Cine y literatura han gozado de buena representación en este mes, con grandes clásicos que cumplen aniversario, como La diligencia, de John Ford, y excelentes muestras de animación tanto tradicional y oriental, con La tumba de las luciérnagas, o de lo más actual, con La LEGO Película. Entre los libros, desde recientes publicaciones como Rottenmeier, de Roberto Carrasco, o El océano al final del camino, de Neil Gaiman, hasta escritos de la antigüedad griega con los Relatos fantásticos de Luciano de Samósata. Tampoco faltó nuestro homenaje y recuerdo a Paco de Lucía.


Fotografía del reparto de Family Plot (La trama) junto a Alfred Hitchcock
Y otra noticia aparte de nuestro repaso mensual: Liebster award, de nuevo. Cuando nos dieron el primero hace unos meses, no tardaron demasiado en volver a comentarnos con uno nuevo, pero hemos ido postergando este honor y ya iba siendo momento de responder. Hemos querido hacerlo además con la nominación que realizó Óscar R. Arteaga, de quien hemos hablado en este blog en varias ocasiones por su novela Nivaria, y al que se lo agradecemos. Se trata, como ya dijimos en la anterior ocasión, de un premio virtual que promueve la difusión de blogs de nueva creación o con menos de doscientos seguidores en Blogger. Dicho esto, será el último Liebster award que aceptemos, alcanzando el segundo logotipo que ofrecen.

Este premio, según hemos podido ver explicado tanto en el blog que nos ha premiado como en el blog oficial del premio, consiste en responder once preguntas y crear otras para los nuevos blogs escogidos, seleccionar otros blogs que cumplan estas condiciones y seguir al blog que nos lo ha concedido así como agradecérselo. Estas son las preguntas que nos dejó Óscar y que responderemos lo mejor posible.

Si estáis interesados en seguir leyendo el resumen o la entrevista, pulsad en Seguir leyendo, dada la extensión de la misma hemos preferido no ocupar tanto espacio para aquellos lectores más interesados en ver solo nuestras reseñas.


La LEGO película, de Philip Lord y Christopher Miller

30 marzo, 2014

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¿Preparados para una aventura por el fascinante mundo de LEGO? Emmet es el entrañable protagonista de La LEGO película, un trabajador normal encargado de la construcción de la ciudad. Aunque sus conocimientos laborales no van más allá de colocar las fichas de forma autómata y seguir las instrucciones de edificación, sorprendentemente es confundido con un Master builder, un experto superior a su rango; así, tendrá que ponerse al frente de una misión que tiene por objetivo evitar que un malvado villano acabe con la famosa ciudad de bloques. Por suerte, los habitantes de tan atípico lugar no están solos, y encontraremos un montón de personajes conocidos de otras grandes películas dispuestos a aportar su valía y sus peculiares costumbres: hasta Superman y Batman se han transformado en muñecos Lego para esta ocasión tan especial, tomando así parte de esta gran aventura.

En La LEGO película, al ser una producción de Warner, Emmet contará con la ayuda de todo tipo de personajes pertenecientes al gigantesco grupo, como los superhéroes de DC Cómics, personajes de Tolkien o del mundo de Harry Potter, entre otros muchos. Aunque, sin duda, un secundario que brillará con luz propia y le dará un nuevo aire nunca antes visto en él, queriendo que aparezca continuamente a lo largo de la trama, será Batman. Todas estas características estarán dentro de un relato adornado con chistes y guiños cinematográficos de lo más desternillantes, sirviendo algunos como ejemplos de una cierta crítica social que se irá incrementando conforme vayamos conociendo al villano de la historia. Aunque la comedia dirige practicamente toda la película, también habrá momentos más relajados y diálogos bastante reflexivos y emocionantes para estar dentro de una película de animación de este tipo.

Dos de sus creadores, ya que Chris McKay es codirector, Phil Lord y Christopher Miller, han sido los responsables de otras películas también cómicas como Lluvia de albóndigas o Infiltrados en clase. Y con todo lo que nos divertiremos la mayoría del tiempo que dura la película, aún disfrutaremos más con el giro final que nos ofrece, dotando de coherencia a muchos detalles iniciales y concluyendo de manera fantástica esta gran producción.

El guión es uno de los puntos fuertes de la película, siendo capaz de enmudecer por igual a una sala llena de pequeños como a alguien adulto, y ahí reside parte de su encanto. Pocos filmes se cuelan con facilidad y por igual en la atención de niños y mayores (y los que lo han conseguido son ya considerados obras maestras de la animación), siendo un espectáculo fascinante el objeto de unión de un público tan diverso. Sin duda, para ambos constituyen un espéctaculo, una película fácilmente recordada, con una montaña rusa de efectos especiales, chistes, emociones, personajes carismáticos y hasta canciones pegadizas, todo ello desarrollado en un mundo al que pueden tener acceso con cualquier caja y accesorio de LEGO. Una película muy bien lograda, que consigue hacer de lo sencillo fantástico y de lo absurdo algo sumamente especial. Y es que aprenderemos, tanto los más pequeños como los más grandes, que nunca hay que dejar de jugar.


Sin duda, uno de los grandes objetivos conseguidos por esta película es la especial complicidad por parte del espectador hacia la película gracias a su brillante apuesta de marketing; introduce personajes conocidos e, incluso, admirados dentro del ámbito musical, cinematográfico o social, pero caracterizándolos y ataviándolos como uno más del mundo LEGO. Además, todo éxito queda justificado ya solamente con la pasión de un niño dejando volar su imaginación creando historias con sus personajes y las innumerables posibilidades de crear mundos mágicos gracias a unos pequeños y simples, pero adorados, ladrillos. 

En definitiva, La LEGO película es un triunfo que ha sorprendido a todos, tanto como película como producto de merchandising. Verla es una fiesta con un sinfín de acontecimientos trepidantes y apasionantes, convirtiéndose en la primera gran apuesta cinematográfica de este 2014. Admirados por generaciones de jugadores, en esta película queda afianzada la filosofía LEGO por inventar, construir y jugar sin ataduras, entremezclándola con una enternecedora historia paterno-filial cuya relación crecerá aún más gracias a estos simpáticos personajes. Porque es una película simplemente maravillosa, ¡en la que todo es fabuloso!



Escrito por Mariela B. Ortega


Dies Irae, de Carl T. Dreyer

27 marzo, 2014

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C. T. Dreyer
El día de la ira o Dies irae (Vredens dag, Janus / Palladium Films, 1943), de Carl Theodor Dreyer (1889-1968), el realizador más prestigiado de Dinamarca, es una conmovedora obra cinematográfica, en la que no resulta difícil rastrear la influencia pictórica de los grandes maestros Vermeer (1632-1675), Rembrandt (1606-1669), Franz Hals (1580?-1666), Georges de la Tour (1593-1652), e incluso Caspar David Friedrich (1774-1840).

Tal es el atractivo de una película que más que de género histórico, nos presenta un “presente histórico” concreto, definido por unos pocos personajes, y que además remite a la atmósfera dramática de muchas de las creaciones del noruego Ibsen (1828-1906) o del sueco Strindberg (1849-1912).

Estamos en 1623, en el interior del riguroso mundo calvinista, hasta el punto de que las formas de cortesía afectan a la composición del encuadre. Nos hallamos dentro de una comunidad teocrática, en la que Absalon Pederssen (Thorkild Roose), el pastor de la comarca, está casado en segundas nupcias con Anne (Lisbeth Movin).

El conflicto, de raíz teatral, es clásico: Anne, que es bastante más joven, acabará por sentirse atraída por su hermanastro Martin (Preben Lerdorff Rye). Además, se da la circunstancia de que Abasalon salvó a la madre de Anne de perecer en la hoguera, debido precisamente a su atracción por la hija, por lo que la culpa hace doble presa en el personaje: la falta de haber caído en la tentación y desposarse con la hija, a la que de ese modo, robó la juventud, se suma a la que le produce la potestad sobre la vida o la muerte de las personas.

Pero además, como excelente apunte fatalista, la severa madre de Absalon anticipa esta –aún no consumada- relación entre Martin y la joven madrastra, de tal modo que lo vergonzoso sobreviene antes de que se produzca el hecho. Significativamente, Dreyer evita mostrar en un mismo plano a ambos jóvenes cuando se conocen: la culpa se ha instalado en la puesta en escena.

Cartel
Y es que en Dies irae, Dreyer obliga continuamente a observar el contenido cinematográfico, puesto que la forma fílmica no es en absoluto funcional, sino en todo momento significante. A día de hoy, este sigue siendo el sello distintivo de los grandes cineastas.

Por ejemplo, cuando la madre pide a Anne que deje de canturrear -en definitiva, que ponga fin a su animación-, una vez se ha producido el primer encuentro “romántico” con Martin, el enfrentamiento se manifiesta también por medio de un breve plano–contraplano: ambos representan dos realidades distintas.

Dreyer es capaz de captar lo esencial por medio de una puesta en escena que se ha detenido entre la luz y la sombra: lo sombrío pugna con lo luminoso. Es la del realizador, una narrativa ilustrada por medio de sutiles travellings, que siguen a los personajes por la casa parroquial, principalmente. Estos movimientos laterales constituyen una constante, hasta el punto de que la inclusión de algún primer plano, siempre “significativo” en Dreyer, cause cierto efecto de extrañeza.

En su narrativa, el tiempo queda suspendido como en un sueño -o como en una pesadilla, en un sentido “positivo”-, tal y como sucede al comienzo del relato, cuando el miedo paraliza a la curandera Herlofs Marte (Anna Svierkier); de hecho, la carta que sella su suerte ya nos ha sido mostrada con anterioridad.


Junto al tiempo, el fatalismo y el determinismo impregnan la aldea. Un terrible sentimiento de culpa ante cualquier momento de felicidad (que siempre hay que purgar) queda bien expresado por el propio Absalon, y esa condena, es la misma que impide que esta felicidad no pueda concretarse, incluso cuando se halla al alcance de la mano.

Los personajes de Dies irae, abocados al estatismo vital, están muertos en vida. La consecuencia será el advenimiento de unas muertes anunciadas. Como plasmación de esta cosmovisión, los decorados son sobrios, despojados, en relación con la iconoclasia calvinista y como trasunto de una moral opresiva. “No debes rogar por tu vida, sino por tu alma”, le espeta Absalon a la hereje, totalmente convencido de ello: la posición de Dreyer no es moral, no juzga al personaje, su obra no es discursiva, pero tampoco gratuita en la mostración de la violencia.

De hecho, la situación deviene aterradora cuando los niños de la aldea practican y ejecutan el famoso “Dies irae”, destinado al instante en que se cumpla la sentencia de la bruja. Igual de dramático es ese otro momento en que una Herlofs Marte, totalmente desposeída de la dignidad del ropaje, es incitada a la delación de otras hechiceras (todo esto fue narrado por Dreyer en un tiempo en que Dinamarca estaba invadida por los nazis).


El realizador no olvida tampoco el elemento sobrenatural –eso que hace tanta gracia a algunos: sigue siendo más cómodo burlarse que informarse-, ya mostrado en otras películas significativas de su carrera, como la inolvidable Páginas del libro de Satán (Blade af Satans bog, 1921) y, como espero poder comentar en alguna futura ocasión, en la posterior La palabra (Ordet, 1955).

La referida luz de los planos, tan en consonancia con muchas de las obras pictóricas de los artistas ya mencionados, proporciona esa aura fantasmal al relato. Finalmente, una duda nos asalta, ¿llegará a creer Anne realmente que también es ella una bruja?


Dies irae nos vuelve a plantear lo efímero de la felicidad y cómo, en el alambique mágico del cinematógrafo, las penas de la vida son las “alegrías” del arte. Pero Dreyer demuestra, además, que el arte es belleza (en este caso, amalgamado con la pintura y la arquitectura), y ya que estamos, que no solo se quemó gente en España; baste recordar como es mostrada la impunidad y sangre fría del tribunal de inquisidores.

Por desgracia, Dies irae no fue (bien) doblada en su día, por lo que muchos matices se pierden totalmente con el doblaje. Imperioso es acudir a la fuente original.


Escrito por Javier C. Aguilera




Música Inolvidable (XX): Paco de Lucía

25 marzo, 2014

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Cuando pensamos en guitarristas españoles, ya sin necesidad siquiera de hablar de flamenco, se nos viene a la cabeza el nombre de Paco de Lucía. No importaba si eras o no aficionado a escucharlo, sabías que era bueno y encandiló al país con piezas que todos recuerdan, especialmente aquella rumba improvisada que fue Entre dos aguas, la obra que le hizo ser reconocido en España y que fue introducido en su disco Fuente y caudal (1973) por pura casualidad. Detrás de esa figura de leyenda musical contemporánea, venerada por flamencos y aficionados a la música, se encontraba un hombre sencillo, al que le gustaba descansar en la hamaca, practicar la jardinería, las películas de Billy Wilder, el recuerdo de las lecturas juveniles de Ortega y Gasset, y disfrutar del silencio del océano, del mar, donde buceaba para pescar en las mismas costas mejicanas donde la muerte le encontró el 25 de febrero. 


En la Algeciras natal aprendió de su padre el flamenco como una característica familiar -a ello se dedicaba el padre de familia y sus hermanos-, un proceso iniciático que lo acercó a un entorno de cantaores y artistas flamencos donde se formaría junto a sus hermanos mayores, Pepe de Lucía y Ramón de Algeciras, aún antes de tener entre sus manos la guitarra. Como ha explicado en alguna ocasión, con motivo de alguno de los documentales que sobre su figura se han hecho, su padre le puso el camino a ese campo, pero fue el hecho de ver llorar a su madre Luzia al no poder poner más comida en el plato de sus hijos el que lo impulsó a querer ser el mejor. El cante fue, según él mismo afirmaba, su gran frustración, pero la guitarra sería su voz, en la que pondría mayor empeño contando siempre con la ayuda paternal, un padre que supo, de una manera inteligente, mover a sus hijos a un terreno donde pudieran curtirse, crecer y darse a conocer; por ello se trasladarían a Madrid cuando Paco contaba con doce años. 


Sin duda, había talento, pero como muchos de los vecinos de la familia han comentado, en aquellas calles se escuchaba tocar la guitarra durante todo el día, la parte fundamental de trabajo, esfuerzo y dedicación que Francisco Sánchez Gómez -su auténtico nombre- ponía a las seis cuerdas de su guitarra, llegando a las doce horas de práctica diaria. Todo ello se combinó, además, con el aprendizaje de artistas reconocidos como "Niño Ricardo" o "Sabicas" y la posibilidad de codearse, acompañar y participar con artistas que, como él, dejarían marcado su nombre en el flamenco y, por tanto, en la música.

Quizás por coincidir en una época propicia para ello y haber experimentado tanto con la guitarra, tuvo una mente abierta para enriquecerse de otros ritmos, de otras músicas, y con ello, supo modernizar el flamenco, pese a las críticas de los más puristas, que ya en la actualidad no pueden hacer otra cosa que aclamar la gran labor desempeñada por el guitarrista. Seguramente su colaboración más conocida en el mundo del flamenco fue la que realizó durante varios años con Camarón de la Isla, reconocido como la mejor voz en este ámbito durante el siglo XX, junto a los más grandes cantaores de la historia; juntos conformaron un dúo único. Paco siempre consideró a Camarón como un héroe, seguramente por poseer el arte en la voz, una capacidad especial que él mismo hubiera deseado y que, a su vez, transmitía en su instrumento.


Llegada la fama, acaba la necesidad de subsistir; tan solo quedaba alimentar el alma, crecer en la guitarra. No obstante, ese hambre inicial fue un gran aliado para las primeras creaciones, para las giras por Estados Unidos completamente solo y para el surgimiento de discos como el ya mencionado Fuente y caudal (1973), la misma necesidad que ha impulsado a grandes artistas de todos los ámbitos a la creación; sin ir más lejos, Cervantes y su célebre y archiconocida novela Don Quijote.

Paco de Lucía pasó de los tablaos flamencos donde se vivía de las propinas a tocar en los mejores teatros internacionales, incluyendo finalmente el Teatro Real de Madrid en 1975, lo que supuso finalmente la aceptación de los escenarios por el flamenco en lo que sería el reconocimiento español. Sobre ello, el guitarrista nos dejó una interesante reflexión que aún deberíamos plantearnos hoy: "Mucha gente en el flamenco se sintió orgulloso de aquello, pero yo, la verdad, no me sentí orgulloso porque llevaba años tocando en otros países en el equivalente al Teatro Real y era completamente normal, ¿por qué en mi país me iban a recriminar de alguna manera, o sea, 'te vamos a otorgar el privilegio de tocar en este teatro' cuando yo ya había tocado en ese teatro en otros países donde además la música clásica era incluso más importante que en mi propio país?" (sic documental Francisco Sánchez: Paco de Lucía).


Sin duda, él fue el culmen de una evolución en la guitarra flamenca que se llevó a cabo en el siglo XX. Todo ello conllevó que esta diera un paso definitivo para dejar de ser un mero instrumento de acompañamiento para tomar voz propia, para alcanzar un nivel principal y privilegiado en el cuadro flamenco, junto al cante y al baile. Ello no provocó, sin embargo, que el artista dejara de colaborar con otros músicos, más allá de su gran amistad con Camarón, participando en trece de sus discos, incluido Potro de rabia y miel (1992), poco antes de su muerte, o de los acompañamientos de sus años iniciales con cantaores como El Lebrijano o Fosforito; también tocó junto a estrellas de diversos campos de la música, como el jazz y el pop, con nombres como Pedro Iturralde, Al Di Meola, John McLaughlin, Carlos Santana, Chick Corea, Manolo Sanlúcar, Ricardo Modrego, Joan Manuel Serrat, Bryan Adams, Alejandro Sanz o Miguel Poveda, entre muchos otros.

Esas experiencias le llevaron a introducir nuevos ritmos al flamenco procedentes del jazz, como da buena muestra Zyryab (1990), de la bossa nova o, incluso, de la música clásica, uno de sus géneros favoritos y en el que se adentró en algunas ocasiones, tanto para tocar piezas de Falla como para su memorable interpretación del Concierto de Aranjuez (1991). Otro de sus aportes al flamenco se encuentra en la incorporación del cajón peruano, hoy en día un imprescindible, y que hizo su primera aparición en el disco Solo quiero caminar (1981), con su sexteto habitual de artistas, donde encontramos, además de a sus hermanos, a Jorge Pardo, Carlos Benavent, Rubem Dantas y Manolo Soler.


En los últimos años, además de discos en directo que disfrutaba especialmente, también nos dejó Luzía (1998), cuyo título es un homenaje a su madre y donde podemos escuchar su voz como cantaor, y Cositas buenas (2004), disco de madurez que le valió dos premios Grammy latinos.

También recibió en los últimos años toda una serie de reconocimientos, entre ellos el título de Doctor Honoris Causa tanto por la Universidad de Cádiz en 2009 como por el Berklee College of Music en 2010, aparte del reconocimiento y el recuerdo de artistas y aficionados; ante él hubo quien afirmó que "al verle he entendido que no sé tocar la guitarra" (Mark Knopfler).

Sería difícil quedarse con algunos de sus temas, de esas composiciones creadas en soledad que después nos brindaba al público. Hemos recogido a lo largo de este artículo varias de ellas, eludiendo adrede Entre dos aguas, seguramente su tema más conocido y popular. Un esclavo de la guitarra, el tema que detestaba y amaba a la par; a él lo que le gustaba era sentirse vivo, "que la muerte te pille viviendo" fue, según dicen, su máxima. Creemos que la cumplió.

Escrito por Luis J. del Castillo


Otros mundos (VII): Relatos fantásticos, de Luciano de Samósata

23 marzo, 2014

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Siempre se ha dicho que con el tiempo llega la parodia; hasta Alan Alda lo recordaba en Delitos y faltas (Crimes and misdemeanors, Columbia-Orion, 1989), de lo último bueno que hizo Woody Allen (1935-), pero el caso del –presuntamente- sirio Luciano de Samósata (125-181 D.C.) es especialmente interesante, por constituir uno de los más antiguos referentes del relato de ciencia ficción, aunque sea por vía irónica. En este caso, el blanco de Luciano son las narraciones aventureras y las hazañas legendarias de buena parte de su época y entorno, aunque conviene tener cuidado a la hora de señalar esto, puesto que los presentes relatos, recopilados por Alianza (2008), basculan continuamente entre la necesidad del ser humano por la invención y la credulidad más rampante.

En cualquier caso, el interesado por el autor puede completar su cosmovisión con sus Diálogos cínicos y Diálogos de los dioses (recogidos por la misma editorial).


Algo sabemos de este escritor, como que desempeñó tareas jurídico-administrativas en la por entonces provincia romana de Egipto, y que nos encontramos en el siglo II D.C. cuando alumbra estos relatos.

Soslayando la costumbre -que nunca entenderé- de parafrasear parte o la totalidad de los contenidos de un texto que el lector se dispone a leer a continuación, digamos que, en efecto, estas narraciones de Luciano de Samósata se caracterizan por “lo extraño del argumento y lo gracioso de su tema”, y resumen con desparpajo la idea de que por vía de un envoltorio “maravilloso” o pretendidamente irreal, se pueden abordar asuntos comprometidos que de otro modo, y en determinados momentos, no se podrían tratar. Es cierto que los relatos de Luciano son “fantásticos” en un sentido paródico, incluso nihilista, pero no dejan de ser ingeniosas invenciones. Es por ello que lo incluimos en nuestra sección Otros Mundos, que no debe ser ajena a la sátira (de hecho, muchos de los mejores divulgadores de “lo extraño” se han valido de ella, que una cosa es informarse y otra aburrir al personal). Además, las traducciones se benefician de un tono cercano y ameno.

A la sombra de Homero, los Relatos verídicos están narrados en primera persona y en ellos se testimonia la visita del protagonista a varios lugares quiméricos: una Isla Maravillosa, una Luna donde se enfrentan dos pueblos enemistados, el bullanguero interior de una ballena, la Isla del Queso, la Isla de los Aventurados -con la gracia del banquete en la llanura Elísea- y finalmente, la Isla Engañosa.

En todo este recorrido el humor es fundamental compañero de viaje (como ejemplos destaquemos las secciones cuarta del “Libro primero”, acerca de la “sinceridad” del autor con respecto a sus ficciones; y las decimo octava y decimo novena del “Libro segundo”, sobre las distintas corrientes filosóficas y a costa del sufrido Platón).

El rayo de Arquímedes
En Ícaromenipo asistimos al diálogo entre el astrónomo Menipo y un amigo. Sobresale aquí la idea de un ser humano incapaz de evolucionar, pues se limita a cambiar unos dioses por otros nuevos, aunque no sea consciente de ello. En este metonímico teatro del mundo, “se lleva la palma quien grita más alto”.

Siguiendo la estructura de un diálogo platónico, Cuentistas o el descreído es un pulso entre la necesidad de la fantasía y la caída en la más aberrante superstición, cual dogma de fe. Por ejemplo, en las causas atribuidas al rapto de una doncella o a las presuntas posesiones del maligno. En el fondo lo que subyace es la conveniencia de razonar por uno mismo, apartándose de la corriente dominante -que no siempre tiene por qué ser la más numerosa-.

Divertido es el fragmento en que el filósofo amedrenta a un aparecido en el interior de una casa encantada -lo que subraya la idea de algunos investigadores de que más que a los muertos, a quien debe temerse es a los vivos-. En este sentido, resulta gratificante hallar aquí la referencia original a la aventura de El aprendiz de brujo, que sirvió de base al poema de Goethe y al magistral capítulo de Walt Disney para Fantasía (Fantasia, 1940).

Grabado de Atalanta fugiens representando el sol y la luna, 1618, de Michael Maier
El gallo es la obra maestra del conjunto para quien esto suscribe. En él, Micilo charla con su gallo, que es filósofo. En realidad, el espíritu que lo anima ha sufrido varias reencarnaciones, por lo que la experiencia del animal resulta inapreciable para el joven Micilo, un chico deseoso de amasar una gran fortuna (y no necesariamente por obra de su esfuerzo personal).

Curiosamente, al inicio del relato, el canto del gallo representa la quiebra de la imaginación –de nuevo entendida como cosa vana-, del mundo de las ensoñaciones. Junto con la codicia, la reencarnación es aquí el blanco de una sátira que alcanza su mejor momento en la narración de Micilo acerca de la cena en casa de su amigo Éucrates.

Lucio o el asno, el relato con el que se cierra esta recopilación, es una dura fábula, hasta el punto de anticipar ficciones posteriores como las de Jonathan Swift o Anthony Burgess. En Tesalia y a causa de un ungüento tan portentoso como cruel, un joven es convertido en borrico por error (no, en este caso el prodigio no es metafórico), y hasta que se deshaga el entuerto -menos mal- habrá de aprender una vertiente más de la crueldad de los hombres –no todos, pero sí muchos-: la del maltrato a los animales. En sentido estricto, este relato de metamorfosis es una narración de ficción fantástica.

Obra de George Grie, n. 1962
No dejando títere con cabeza en el Panteón, Luciano de Samósata se posiciona frente a la superchería, contra las “mercancías intelectuales” y la retórica bonachona que las adorna, denunciando el idealismo hueco, huérfano de todo análisis realista, señalando la extendida mentira de la media verdad (arma sutilísima de las tarimas).

Por otro lado, siempre ha sido relativamente fácil valerse de la credulidad de la gente, pero ello no ha de enfrentarse con el deseo de conocimiento, o el goce ante lo mistérico, que en el fondo, aunque bien enjuiciado, interesa a buena parte de la humanidad. Dicho de otro modo, el referido sarcasmo, incluso cinismo, de los relatos de Luciano de Samósata, no desactiva -a día de hoy- el placer ante lo maravilloso, lo misterioso, lo inquietante, como afluente de la propia tradición mitológica; una tradición que es pilar fundamental de ese otro mundo que es el literario, tal vez el único refugio para un autor tan certero como implacable. Y autor que, puede que algunos días, aún siendo ciertos los defectos que critica, olvidase recordar que si a la tragedia de la vida le arrebatamos la épica y lo arcano, privamos al ser humano de sus mejores armas para poder sobrevivir (¡y todavía hay quien se interroga acerca de la utilidad del arte!).

Escrito por Javier C. Aguilera


X-Men Orígenes: Lobezno, de Gavin Hood

21 marzo, 2014

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La idea de que las películas de superhéroes aprovechan su gran acogida para desarrollar una franquicia no es nueva, como tampoco lo es el hecho de que a cada nueva entrega se puede sufrir el deterioro de su calidad con respecto a un buen producto inicial, que pudiera contar con un equipo interesado y unas ideas claras, frente a las simples ansias de hacer caja sin demasiado contenido, sin un auténtico fondo que alimente lo que se pretende crear. La historia de los mutantes, al contener un considerable número de personajes, ha sido bastante rica en los cómics, su fuente original, y no tuvo un mal inicio en sus primeras adaptaciones, pero el desgaste ya se comenzó a notar con X-Men: la decisión final (2006, Brett Ratner), cuyos problemas ya los comentamos con anterioridad. Sin embargo, la recaudación no iba mal y seguía siendo rentable continuar con la franquicia, especialmente con el personaje más carismático para el público: Lobezno, interpretado por Hugh Jackman, que como otros actores con sus respectivos papeles, consigue mimetizarse con el rol que le ha tocado y que, a su vez, le ha proporcionado fama.

La historia que progresaba en las tres primeras entregas quedó en un hilo muy delgado en el último film, con tantas bajas en los puestos principales que obligaba a tomar un nuevo camino; si se quería proseguir con los mismos personajes, era ahondar en el pasado de alguno de ellos, o bien idear alguna buena estrategia para retomar el futuro de la saga aunque desde otra perspectiva. Esta segunda opción es la que parece haber tomado Bryan Singer con X-Men: días del futuro pasado (X-Men: Days of Future Past, 2014), o incluso Lobezno inmortal (X-Men: Wolverine 2, 2013, James Mangold), que supone la continuación de este spin-off y de X-Men: la decisión final en cuanto a la historia particular de este personaje, sin tener en cuenta al resto del equipo X. La primera fue la que se siguió para el film que comentamos hoy y también para X-Men: primera generación (X-Men: First Class, 2011, Matthew Vaughn). 

Gavin Hood
Para esta tarea, se contó con un nuevo director en la franquicia, Gavin Hood, que llegó a Hollywood tras Tsotsi (2005) y que, tras dirigir Rendition (2007), acabaría por tomar las riendas de esta entrega de X-Men, quizás sin demasiada experiencia en este campo. Su última película es una adaptación de ciencia ficción, El juego de Ender (Ender's Game, 2013). El problema del trabajo de Hood no versa simplemente en la posiblemente mala adaptación de los cómics, cuestión sobre la que no puedo hablar, sino en una incapacidad de contar una buena historia, sustituyéndola por una mezcla de acción, efectos especiales, clichés de géneros y una vorágine de mutantes.

La anterior descripción sirve perfectamente para el film sobre Lobezno, aunque contase con un argumento que hubiera sido explotable desde otra perspectiva. Si a los espectadores no nos había quedado claro el pasado de este mutante en X-Men 2 (2003, Brian Synger), donde se dieron pinceladas para su esqueleto de adamantium, aquí veremos las razones que llevaron a Logan a una operación tan arriesgada como imposible en un humano corriente. 

Aunque también se nos muestran otros hechos importantes en su vida: un fragmento decisivo en su infancia, aquel que determinó que desarrollara sus poderes mutantes, las guerras en las que participó, su incorporación y posterior salida del Equipo X, del que derivaría el proyecto del adamantium y del Arma X, dando sentido a la trama del film, y la primera relación amorosa importante del protagonista que entra dentro del género del drama romántico.


No encontramos un ápice de alguna propuesta que vaya más allá del cine de acción, ni siquiera una cuestión moral o social compleja, como se pudiera ver en las entregas anteriores; tan solo hay una división establecida en dos personajes principales: Lobezno (Hugh Jackman) y Víctor Creed, alias Dientes de sable (Liev Shreiber). 

Hermanos mutantes que se diferencian por el ansia asesina e instintiva y que desarrollan, seguramente, el mejor dúo de la película, especialmente al ser Creed un personaje con evolución, aunque esta sea previsible y su actitud resulte forzada en el tramo final; es interpretado con soltura por Shreiber, quien borra la caricatura que fue este personaje en X-Men, entendiendo además que no son la misma persona. Esta última cuestión es también un problema que se planteó en la tercera entrega: la falta de fundamento en los mutantes, cuyos poderes vemos repetidos en otros, sin plantear, igual que en la historia original, que cada uno de ellos es único y diferente a los demás. 


El hecho de romper con esta realidad nos ofrece la posibilidad de no atender a las incongruencias existentes en la franquicia, aunque algunas no tengan razón de ser, como el profesor X sin su silla característica en una época en la que ya estaba inválido, cuestión que también estuvo presente en un flashback de la tercera entrega. De esta forma, y en líneas generales, X-Men Orígenes: Lobezno prosigue en los defectos que tenía X-Men: la decisión final, desviándose aún más por la muestra de unos efectos especiales deficientes para lo visto anteriormente en la franquicia, incluso en cuestiones tan básicas como las garras de Lobezno, que resultan más artificiales. Tan solo podemos rescatar la escena de las cartas de Gambito en cuestión de una escena efectista que está justificada y bien realizada.

Además, para colmo del asunto, todo ese despliegue se justifica por un reparto exageradamente grande que sirve para mostrar mutantes variopintos, con nulo desarrollo y que incluso suponen una parodia de sí mismos, como la aparición del mutante Blob (Kevin Durand), una mole de masa cuya escena con Lobezno es absurda e innecesaria para la cinta, o la de un joven Scott Summers, alias Cíclope, interpretado por Tim Pocock y prosiguiendo con la tónica de la franquicia en maltratar a este personaje. Hay, además, un afán de drama shakesperiano por acabar con los personajes secundarios, otra tónica heredada de aquella tercera entrega; hagamos recopilación de nombres, de los cuales el espectador apenas se enterará, que desfilan por la pantalla: Spectre (Will.i.am, como curiosidad es miembro de The Black Eyed Peas), Bolt (Dominic Monaghan), Maverick (Daniel Henney), Emma Silverfox (Tahyna Tozzi), Deadpool (Ryan Reynolds), Gambito (Taylor Kitsch), Silver Fox (Lynn Collins), Arma XI (Scott Adkins) y otros mutantes que no tienen ni siquiera la suerte de tener algún diálogo, incluyendo el cameo de Patrick Stewart como Charles Xavier.


Todo ello sin contar la parte humana, mayoritariamente anónima, encabezada por William Stryker, malvado rescatado y rejuvenecido de X-Men 2 (2003), que, con la interpretación de Danny Huston, resulta convincente e incluso más frio y sanguinario que su otra versión, pese a que esta película se esfuerce en no mostrar sangre ni siquiera en las garras o espadas. Stryker y Víctor Creed componen un binomio que podría haber dado resultados sin necesidad de añadir al Arma XI, cuyo potencial se anunciaba mayor de lo que finalmente resulta ser, aparte de estar vacío de contenido, historia y desarrollo. 

Por otra parte, podríamos hacer una mención también a la novia de Lobezno, cuyo origen desconocemos, así como las razones por las que acabaron siendo pareja, tan solo nos dejará algunas imágenes de familia feliz y apartada del mundo, así como la lección de que el pasado siempre nos persigue, para nuestra desgracia. A través de este personaje se pretende dar un punto dramático al film, que podría haber resultado más convincente de lo que realmente es, como sucede también con la pareja de granjeros que acogen a Logan hacia la mitad del film y que resultan también innecesarios.


En definitiva, un refrito de película de acción con tintes dramáticos que parece un desfile de efectos especiales sin una justificación sólida, por puro entretenimiento, lo que impide un verdadero desarrollo de la trama y de los personajes que podrían haber resultado más interesantes y atractivos. Unas deficiencias que la saga arrastra de forma generalizada, especialmente por la cantidad de personajes con los que cuenta, pero que se agravan más en una película que debería haberse destinado para complementar, ampliar y ahondar mejor en la historia de uno de los personajes más queridos por el público de la franquicia, especialmente en una época donde se estaban realizando buenas apuestas cinematográficas para superhéroes. 

Al Lobezno del film le faltaba una pizca de humor y, a la vez, de seriedad. Los mismos elementos que deberían haberse unido para crear algo más profundo que una película entretenida, aunque de ritmo muy irregular cuando no estaban explotando helicópteros, coches, casas o bases militares.


Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (XXXIV): Tierras lejanas, de Anthony Mann

19 marzo, 2014

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Anthony Mann
Sobre Anthony Mann (1906-1967), más que llover, se han precipitado los tópicos. Hoy traemos al Baúl una película del que confieso es uno de mis realizadores predilectos, quizás porque compruebo que otras etapas de su cine siguen siendo relativamente desconocidas, y sobre las conocidas, como decía, se abalanzan los mismos tópicos; y por qué no, porque con frecuencia encuentro estimulante llevar la contraria.

El caso es que Tierras lejanas (The far country, Universal, 1954) fue una nueva colaboración del realizador con el productor Aaron Rosenberg (1912-1979), un trabajo magníficamente escrito por Borden Chase (1900-1971) y estupendamente fotografiado por el no menos considerable William H. Daniels (1901-1970).

El ciclo de westerns filmados por Anthony Mann con James Stewart suele despacharse diciendo que es lo más destacado en la filmografía del director (lo que no es cierto: ahí están sus trabajos en el género negro para demostrarlo), y que evidencia la relación del hombre –en general- con el paisaje, lo que sí es cierto, aunque esta “imbricación” presenta una variable a mi modo de ver, y es que pese a que la idea es genérica dentro del ciclo, como rasgo formal y existencial de Mann, ésta se ilustra en escenarios diferentes y con matices muy particulares.

Cartel de Tierras lejanas
La cuestión es que Anthony Mann ha sido un realizador relativamente desconocido, entre otras cosas por no haber sido bendecido por la “política de autor”, en otra –y ya van no sé cuántas- de las muchas injusticias de la crítica cahierista clásica, así como porque parte de su cine ha permanecido invisible hasta hace bien poco. Desde luego, no quiero decir con esto que vaya yo a tener la “razón última” en la causa de La Crítica vs. Anthony Mann, habida cuenta de que su figura -aunque debió ser siempre así-, ha sido justamente reivindicada, es decir, entendida, en tiempos recientes.

Tierras lejanas también está dotada de un tono particular, y tan importante resulta el mencionado paisaje como el trasfondo psicológico, el formato cinematográfico y la historia. En este caso, y comenzando por lo último, el relato se centra en la descripción del conductor de reses Jeff (James Stewart), un tipo de carácter solitario, errabundo y autosuficiente en lo que a relaciones afectivas se refiere. Es decir, que solo cree en sí mismo y es poco amigo de asentarse. Pese a ello, Jeff se hace acompañar –o tal vez no puede evitar la compañía- de Ben (el estupendo Walter Brennan), lo que proporciona a Jeff cierto calor humano. En este sentido y como rasgo de modernidad, esa búsqueda de la convivencia con los demás, al menos de cuando en cuando, cerrará de forma abierta Tierras lejanas.


Iconográficamente, la película prescinde del paisaje árido de anteriores trabajos, del polvo y el sudor, para ambientarse primero en Seattle, y después en las poblaciones de “Scatway” y Dawson, en tierras de Alaska, dando un rodeo por Canadá. El año es 1896, y el desvío geográfico se debe a la huida que Jeff y Ben se ven forzados a emprender, fustigados por un juez-de-la-horca llamado Gannon (un espléndido John McIntire).

Pero Jeff y Ben no están solos, pues su nuevo encargo consiste en transportar más reses, en esta ocasión a unas poblaciones que no dejan de ser unos asentamientos primitivos, cuyo número de cantinas indica en cuánto se ha incrementado la población últimamente. Ya desde comienzos del relato, Jeff ha de hacer frente a las estafas en los aranceles del transporte, propugnadas de igual modo por el sheriff Gannon.

Pero tras su enfrentamiento con este, su nueva patrona será Ronda Vallon (Ruth Roman), la dueña de un saloon y otro personaje de carácter, con un pasado doloroso: también ella ha sido traicionada en lo sentimental.


Finalmente, no será la venganza lo único que fuerce a tomar cartas en los asuntos a Jeff, sino el aprecio revivido hacia los demás, el renacer de la empatía. Jeff comenzará a reaccionar cuando la “ley” pisotee aquello que es lo justo, aunque no esté escrito en ningún papel o la cuestión no le incumba personalmente.

Y es que “allí donde hay oro roban y matan”, como si fuera una ley escrita. De hecho, más que “entender ahora muchas cosas”, como se justifica Jeff, parece revivirlas. Stewart compone un personaje estoico pero no pasivo, falible, vulnerable y de afectividad latente, subterránea a veces; en definitiva, uno de esos personajes tan humanos que le procuró su prolongada e irrepetible colaboración con Anthony Mann.

Su encuentro cercano tiene lugar principalmente con los mineros del Klondike. Y más concretamente, destaca su amistad con la joven Renee (sic) (Corinne Calvet). Su charla nocturna en las montañas es más que reveladora; él pregunta si hay motivos por los cuales le deba gustar la gente, y confiesa que si no se fía de nadie es para que no lo lastimen. Se trata de una relación que dibuja un amor no correspondido hacia una niña que, como la propia Ronda recuerda al vaquero, es realmente una mujer. En realidad, la huída de Jeff es la huída del dolor.


En definitiva, el “tipo” podía ser recurrente, pero la visualización de Mann es poliédrica y el paisaje varía -no la relación del personaje con este-.

Entre los momentos más admirables, está la puja por las reses que se establece entre los mineros y Ronda. De igual modo, hay que destacar el duelo final, en el cual un plano-contraplano llega a enfrentar a todos los habitantes del pueblo, los mineros frente a los secuaces de Gannon. Dentro de este segmento, es magnífico, por cinematográfico, el plano que muestra a Ronda observar a su vez a Gannon, que tras una ventana se dispone a perpetrar una trampa contra Jeff.

Resulta evidente la influencia de Tierras lejanas en los dos últimos westerns de Clint Eastwood. La película cuenta además con la presencia de otros buenos característicos como Jay C. Flippen (el borrachín Rube; personaje, no obstante, con más matices), y los chicos malos por antonomasia, Jack Elam y Henry Morgan (solo faltan Martin Landau y Ernest Borgnine).


La edición “oficial” para DVD perpetra otro cambio-timo con respecto al bello doblaje original de la película, sin que medie previo aviso. Habrá quién se horrorice del hincapié de este comentarista con respecto a los doblajes en español de muchas películas, pero, sin detrimento por las versiones originales, considero que éste forma parte, de alguna manera, de la historia del cine de este país, y que por haber sido muy bueno merece un respeto; o dicho más claramente, cuando el original no está descontextualizado, me agrada escuchar aquellas voces, sobre todo en un formato que admite ambas posibilidades. En cualquier caso, deseamos que el error sea subsanado en futuras ediciones.

Escrito por Javier C. Aguilera


Rottenmeier, de Roberto Carrasco

17 marzo, 2014

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¿Alguna vez te has preguntado dónde nació la señorita Rottenmeier? ¿Cómo fue su educación y cómo llegó a convertirse en la estricta ama de llaves de la familia Sesemann? ¿Alguna vez te has preguntado qué tendría ella que decir sobre la niña de los Alpes, que un buen día llegó a la casa en la que trabajaba para revolucionar el sistema que tanto le había costado establecer?

Pese a que nos encontramos ante un personaje del que se ha hablado en numerosas ocasiones y del que cada lector tendrá una opinión diferente, todos compartimos una visión sumamente parecida. En esta novela viajaremos a la raíz de los acontecimientos que han rodeado la vida de esa desconcertante mujer, en el fondo desconocida para muchos de nosotros. Nacida bajo el manto de una madre rebelde y díscola, ansiosa de libertad, crece rodeada de un ambiente sucio y repleto de inmoralidad, sobre todo para ella, la pequeña Charlotte, quien empieza a odiar a su madre desde muy corta edad y a ese ambiente en el que se ha visto envuelta día a día. Es por ello que opta por refugiarse en la religión y en la compañía de Sor Bertha, una monja con ideas muy tradicionales, obviamente arraigadas en la moralidad y decencia, ideales que Charlotte anhela para ella misma y para todo aquel que le rodea.

Es así como poco a poco repudia a su ambiente de niñez, idealizando a su padre como alguien que es tan decente y honrado como ella defiende, a diferencia de su deshonesta madre. Todo cambiará cuando descubre que su supuesto padre, el señor Rottenmeier, no es tan buena persona como ella esperaba, algo que acaba rompiendo sus esquemas, haciéndola perder la cabeza hasta puntos insospechados.

Alpes suizos
Tras duros acontecimientos y pérdidas tanto inevitables como evitables, el señor Rottenmeier acaba por ceder su apellido a Charlotte, convirtiéndose así en la temida y conocida señorita Rottenmeier. Cuando ya es toda una mujer, consigue trabajo como ama de llaves en la casa del señor Frederick Sesemann y su hija, viejo conocido para ella y con el que compartió importantes vivencias de juventud. Será Rottenmeier la encargada de ejercer como figura materna para la hija del señor, imponiendo con malas artes y discutible educación un carácter recto y tradicional, inundando la casa de un ambiente hostil y radical para todo aquel que a ella se acercara. Sin duda, el punto álgido a la locura de Charlotte lo encontraremos en la llegada de Heidi a la vida de todos, en la que reside la luz que Rottenmeier les estaba quitando y quien traerá la felicidad a un desdichado hogar. A todos menos, obviamente, a la malvada ama de llaves, aunque no tardará en verse reflejada en esa niña tras un sinfín de trágicos infortunios.

Roberto Carrasco
Rottenmeier no es una novela fácil de leer. Desde el principio encontraremos hechos bastante duros de afrontar para una niña de apenas ocho años. Por otra parte, habrá partes escabrosas recreadas de una forma tan realista que creeremos estar ante esa misma escena, viviéndola como sus protagonistas. Muertes, actos sexuales o asesinatos, todo narrado tan al detalle, con un lenguaje tan explícito que es propio, como ya destacamos, del realismo sucio. Además, es curioso el afán de la protagonista por la religión, llegando al punto de ser obsesivo en un principio (su habitación llega a estar repleta de crucifijos) y del que se lee una crítica a los ideales extremos, los que, sin duda, no traen ningún beneficio para quien los sigue fervientemente.


Sin embargo, todas estas descripciones y acontecimientos evidentes y tajantes nos ayudan a entenderla a la perfección y a adentrarnos completamente en la biografía de esta inquietante mujer. Llegaremos a comprender y justificar, en ocasiones, su comportamiento, y, en otras, deseando un castigo ejemplar para sus innumerables hechos. Su rechazo al placer, al pecado, a la satisfacción y su entrega al deber y a la moral son tópicos tradicionales sobre Rottenmeier o sobre la iglesia que también encontraremos en la novela, pero tratados con una sutil diferencia: lo viviremos desde dentro, seremos los ojos de Charlotte cuando recibe un castigo traumático y su sombra cuando es ella la que acaba imponiéndolo. Nos sentiremos intrigados a medida que va avanzando la novela, un mérito añadido dado que es una historia tratada en muchas ocasiones en la literatura o en adaptaciones para el séptimo arte. Un gran trabajo del autor y recomendable para todo aquel que no sea escrupuloso a la hora de leer una cruda historia.



Rottenmeier es la nueva novela de Roberto Carrasco, conocido autor en nuestro blog por colaborar en la antología Tiempo al tiempo (2013), de la editorial Stonewall. Escritor, guionista, filólogo... su novela ha sido ganadora del certamen literario internacional de The Online Bookshop, además de ser la primera publicada bajo el sello de la editorial Punto en Boca. Pero éste no ha sido el primer trabajo de Carrasco, habiendo publicado anteriormente la novela Tan dulce, tan amargo (Odisea Editorial, 2008), nominada al mejor libro del año por la revista Shangay; la novela por entregas Soy lo peor (Antonia Magazine, 2012) y el relato El arcoíris y el ruido, recogido en la mencionada colección de relatos Tiempo al tiempo (Stonewall, 2013).

Johanna Spyri
Tras años investigando la vida de Johanna Spyri, la autora del clásico cuento infantil, el autor de Rottenmeier descubrió que, al igual que su personaje, Spyri había abandonado el campo cuando era niña para irse a vivir a la gran ciudad. Aunque en el relato original la ciudad mencionada es Frankfurt, Johanna fue enviada a Zurich para cuidar de una niña enferma, Netti Fries. Y, como en el cuento de la niña de los Alpes, fue en la casa de los Fries donde sufrió los malos tratos por parte del ama de llaves, Charlotte Rottenmeier. Gracias al legado escrito de la verdadera señorita Rottenmeier, Roberto Carrasco ha compuesto una novela histórica que mezcla la comedia negra, el terror gótico, el realismo sucio y el erotismo, que hará que los más nostálgicos vuelvan a reencontrarse con personajes queridos como Heidi, el abuelo, Pedro, Clara o Niebla, y que conozcan, por primera vez, qué había en el interior del corazón de la temida señorita Rottenmeier.

Sin duda, una apasionante historia que recorre la Europa de finales del siglo XIX y que sirve como una revisión en toda regla de uno de los personajes más populares, desconocidos e icónicos de la literatura infantil universal.


Escrito por Mariela B. Ortega


Para el sábado noche (XXXIII): Family Plot (La trama), de Alfred Hitchcock

16 marzo, 2014

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Cartel
Con cierta frecuencia se olvida que cuando Alfred Hitchcock (1899-1980) hacía una película, tenía más en mente al público que a los críticos, sin que esto quiera decir que no le afectaran las opiniones adversas; pero su afán fue, por encima de todo, entretener, provocar una reacción. Es por ello por lo que he decidido que sea ésta la primera película del británico que se comente en Baúl del Castillo.

Hay que ver cómo se contagian los lugares comunes. Parece que al magnífico realizador aún no se le ha perdonado que el tono y el escenario de Family plot (La trama) (Family plot, Universal, 1976) sea total y conscientemente distinto al de su obra inmediatamente anterior -y magnífica, incluyendo la también denostada Topaz (Íd., Universal, 1969)-, mucho me temo que más por inercia parlanchina que por ajustada tarea crítica. Y no es que La trama, como la hemos conocido antes de que el mercado español abusara del sustantivo para re-titular otras producciones, sea una obra maestra, pero lo cierto es que ni pretende serlo ni está carente de méritos, al margen de que no estuviera en la mente del realizador que fuera su último trabajo tras las cámaras.

De hecho, el tono referido entronca directamente, y salvando las distancias que se quieran, con otras películas de la etapa inglesa, tales como 39 escalones (Thirty nine steps, Gaumont, 1935) o Inocencia y juventud (Young and innocent, Gaumont, 1937), que comparten su carácter fresco, juguetón y de (contenida) road-movie.

La trama es una película altamente disfrutable -tal y como persiguió Hitchcock-, que tomó como pretexto la novela The Rainbird pattern del prolífico Victor Canning (1911-1986), ambientada en la campiña inglesa y con una vidente que fallecía al final de la misma. Se ha señalado que el cruce entre las dos parejas de la historia fue lo que en principio atrajo la atención del realizador, para el que, a partir de entonces, la protagonista salvaría la vida, y como “hilo conductor”, crearía la ilusión de que es espiritista.

Foto del rodaje
Llama la atención como los planos de La trama respiran, personaje y objetos se encuentran recogidos en ellos gracias a la planificación media, ya desde la primera secuencia, en la que la falsa espiritista Blanche (Barbara Harris) tiene una sesión con Julia Rainbird (Kathleen Nesbitt). Blanche es una hábil embaucadora, pero “luminosa”, carece del talante maligno que muestra el objeto de sus pesquisas, Arthur Adamson (William Devane), que ejerce como joyero.

Habilidades no le faltan, no obstante. Con la ayuda de su espíritu “Henry”, recorre los más recónditos anhelos de sus clientes; no es mal pago por sus servicios. Su compañero es George Lumley (Bruce Dern), que según reconoce él mismo, ahora ejerce como taxista.


De este modo, lo sobrenatural, vertiente superchería, se encamina a aliviar no solo el escaso peculio de la pareja, sino que proporciona alivio a las necesidades, más afectivas que otra cosa, de dichos clientes. En el caso de la familia Rainbird, se trata de un secreto de familia largamente guardado, la entrega en adopción de un hijo ilegitimo hace cuarenta años. El propósito de la única superviviente de la saga es restituirlo a la familia.

Por su parte, Arthur Adamson se muestra resabiado con los ricos pese a ser un adinerado experto en joyas. La decisión de una joven Julia Rainbird incidió, al menos en parte, en el devenir de Arthur, que desarrollará –y esto es mérito suyo- un carácter… inflamable. Resulta inevitable pensar en qué hubiera sido de él de haber permanecido dentro de la familia; tal vez, se habría convertido en un sutil y aristocrático ladrón de guante blanco, en lugar de un superviviente letal de guante negro. El recorrido inicial por la casa de los Adamson tendrá su relevancia durante el último tercio, como espacio dramático de la “trama”.

Naturalmente, el humor también está presente. La investigación que emprende George, primero tras la pista del chófer de la adinerada familia Rainbird, después tras la pista del propio Harry Shoebridge / Arthur Adamson, es otro segmento bien sostenido. Hitchcock proporciona un ritmo cadencioso al relato cuando lo precisa.


Decíamos que el decorado (labor de Henry Bumstead), forma parte del plano medio. Cuando Arthur y su esposa y compinche Fran (Karen Black), retoman sus planes criminales, o cuando estos se complican, ambos quedan definitivamente separados del plano, aunque se encuentren dentro de un mismo espacio, un coche o la joyería. Pero cuando recuperan el dinero del primer y del último rescate esto no es exactamente así, Hitchcock aún los muestra compartiendo un mismo plano. La razón es que el eslabón más débil, Fran, aún no ha dejado de confiar del todo en su marido. Del mismo modo, aquí la cámara no se dirige hacia ninguna llave, pongo por caso, sino hacia un diamante; el realizador sigue fiel a su gramática.

El otro elemento distintivo es el plano cenital, con grúa, a la salida de la mansión Rainbird, durante el funeral de Joseph Maloney (Ed Lauter), en las escaleras de los Adamson, por la carretera secundaria, o en la catedral llamada de San Anselmo (la Grace Cathedral de San Francisco: el director eliminó toda referencia a una ciudad en concreto).


Hitchcock, como otros muchos realizadores, se rodeaba de colaboradores con los que se sentía cómodo. En cuanto al equipo técnico, La trama contó con el vestuario de Edith Head (1897-1981), la resplandeciente música de John Williams (1932), un espléndido diseño de producción del citado Henry Bumstead (1915-2006), los trucajes de Albert Whitlock (1915-1999), otro “viejo conocido”, y naturalmente, la escritura de Ernest Lehman (1915-2005), que ya había elaborado el guión de Con la muerte en los talones (North by northwest, MGM, 1959).

Blanche asegura al inicio de la película que “al final, habrá felicidad”. Hitchcock se las apaña para que esto se cumpla a lo largo de todo el metraje.

Escrito por Javier C. Aguilera



El océano al final del camino, de Neil Gaiman

15 marzo, 2014

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Neil Gaiman
Un hombre de 47 años, en pleno momento de crisis ante un funeral, vuelve sin saber por qué al pueblo de su infancia, al lugar donde creció de niño y donde tendrá que recordar el más extraño y fantástico de los episodios de su vida, cuando apenas contaba siete años. Un viaje al pasado de esa infancia perdida entre lagunas de olvido y explicaciones adultas que nos ocultan la visión de maravillas que tienen los niños.

Sobre niños parece saber el británico Neil Gaiman después de aventurarse en la literatura dedicada a este sector de la población con obras como Coraline (2002) o El libro del cementerio (2008), aparte de sus intervenciones en la fantasía ya fuera en solitario, como Stardust (1999), o con compañía, véase su colaboración con Terry Pratchett en Buenos Presagios (1990). 

No obstante, su campo inicial estuvo en los cómics, siendo, por ejemplo, el creador de The Sandman para DC Comics, además de alguna aventura televisiva, entre las que se encuentra la escritura de dos capítulos para la serie Doctor Who

El océano al final del camino (2013) se presenta como una obra para adultos, aún cuando estos están casi vedados en la historia que nos narra. Centrada en los recuerdos, recorreremos la historia de un protagonista sin nombre en unos extraños acontecimientos que vivió con siete años, pero no debemos esperar una narración realista al estilo de Si nunca llego a despertar (Javier Yanes, 2011), sino una historia de fantasía vivida en nuestro mundo, una mitología oculta que Gaiman no se preocupa en explicar, simplemente disfruta creándola con un estilo que fluye natural bajo las palabras de un narrador infantil.

La vida de este personaje era normal en una familia de corte acomodado, pero con ciertas estrecheces económicas; el libro incluso nos da pistas de cómo el intento de ocultar la realidad a los niños no funciona tan bien como a los adultos nos gustaría. Los lectores de esta obra, en su mayoría seguidores juveniles de Gaiman, se verán reflejados en la figura solitaria del protagonista que disfruta leyendo y que es capaz de soñar. Ahora bien, ¿esta historia es un sueño o una realidad? Esa duda quedará vigente aún cuando cerremos el libro, pese a que hayamos encontrado ese tono confesional que el autor plasma en la novela con una intención autobiográfica, pues ciertos fragmentos de la obra se refieren a recuerdos propios de Gaiman.

Portada
En este sentido, el libro guarda cierto parecido con El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2000) o incluso con La historia interminable (Michael Ende, 1979) al contar con un personaje principal que deberá aceptar las reglas de un mundo al que no pertenece para intentar solucionar su problema, entre otras cosas la presencia de Ursula Monkton, la niñera bajo la que se oculta el monstruo infantil, signo de la desprotección y la falta de cariño, además de una especie de genio que concede deseos aún cuando estos causan realmente más problemas; puede resumir bien esta idea el hecho de desear dinero y que una moneda aparezca en tu garganta.

Ella separa al protagonista del ambiente acogedor que siempre lo ha acompañado, provocando además una de las escenas más terribles y humillantes de la obra: el castigo del padre en la bañera. Se guarda Gaiman ciertas referencias más adultas en estos pasajes, como el hecho que supone recordar estos acontecimientos que no se entendían en la infancia con una mirada ya madura.

Frente a este apartado oscuro de la novela, nos encontramos con lo que podríamos considerar las buenas brujas, aquellas que representan mejor los valores maternales dentro, además, de una estructura matriarcal. Nos referimos a la familia Hempstock, compuesta por una abuela, una madre llamada Ginnie y la hija, Lettie, que se convertirá pronto en la amiga y guía del protagonista, su introductora en ese mundo especial donde un estanque deja de ser tal para convertirse en un océano. El espíritu de esta familia es el lado anverso al de Ursula Monkton: cariñosas, acogedoras y capaces de solucionar los problemas en lugar de provocarlos, dotadas de ciertas habilidades cuasi-mágicas que sorprenden al protagonista y al lector, ¡como acaso lo pudiera hacer nuestra madre cuando éramos niños!

Lettie será el personaje más presente de esta familia, representando un papel típico quizás en obras juveniles, como hemos podido ver en Oppi (Justo Navarro, 1998) o Marina (Carlos Ruiz Zafón, 1999), por nombrar algunas de las novelas reseñadas en nuestro blog que tienen este tipo de personaje femenino que, para más similitud, altera la vida del personaje principal durante su relación. Ella intentará solucionar el problema del que se siente responsable e incluso supondrá una figura materna pese a la corta distancia de edad que la separa del protagonista, que realmente en el mundo de los niños es una distancia considerable, aunque no lo pueda parecer desde nuestros ojos adultos.


En definitiva, una historia que solo podremos disfrutar si aceptamos el juego de la fantasía que presenta, porque si esperamos una novela realista, una historia de infancia recordada, y nos resistimos al cuento que nos relata Gaiman, no apreciaremos la fantasía que desprenden las páginas de este océano.

Escrito por Luis J. del Castillo


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