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28 febrero, 2014

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Castillo Sant'Angelo (Fotografía de LJ)
El mes más corto del año sigue la estela de los inicios de 2014, pero ascendiendo en entradas y visitas. Con un pequeño especial por San Valentín y con nuestras secciones habituales, hemos alcanzado las 18 entradas, superando a los anteriores meses de febrero de 2012 y 2013, y unas visitas que siguen en la estela de las 13.000, con una media de 450 diarias. Los seguidores suben en Blogger a 141, en Facebook a 90 me gusta y en Twitter a 250.

Nos acercamos a la recta final de nuestro seguimiento de la saga X-Men con el cierre de la primera trilogía, a expensas de las dedicadas en exclusiva a Lobezno. Además, hemos tenido un clásico mexicano de la literatura con Pedro Páramo, de Juan Rulfo, preludio a un San Valentín con películas como Historias de San Valentín o La chica del adiós. Pero la literatura no solo se compone de clásicos, obras como El cumpleaños secreto, de Kate Morton, o En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina. Y volvimos a disfrutar de una serie televisiva del calibre de El ala oeste de la Casa Blanca o del recorrido de una empresa como Shana Shops.

Para el mes que viene disfrutaremos también de publicidad, clásicos y no tan clásicos literarios, cine y más cultura a base de reseñas. 

Un saludo,
L.J.

PD: Queremos recordar al recientemente fallecido Paco de Lucía, maestro de la guitarra española, con este vídeo del adagio del Concierto de Aranjuez.



"En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad."

                  -Arthur Schopenhauer


Te querré siempre (Viaggio in Italia), de Roberto Rossellini

27 febrero, 2014

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Rossellini
A la pregunta acerca de qué es lo moderno respondió Roberto Rossellini (1906-1977) cuando presentó su Te querré siempre (Viaggio in Italia, Titanus Films, 1953), sorteando la incomprensión de algunos críticos, e incluso de quienes habían tomado parte en la filmación (incluida su esposa, Ingrid Bergman). 

Viaggio in Italia, a la que prefiero referirme a partir de ahora por su título original, en lugar del español, totalmente equívoco, responde a la visión de un autor, más que a una visión “de autor”, y lo hace sin alharacas ni espectáculos cinematográfico-circenses.

Escrita por el propio Rossellini, lo que resulta evidente teniendo en cuenta el cariz autobiográfico de la propuesta, junto con el malogrado autor de El bello Antonio, Vitaliano Brancati (1907-1954), quien se enfrentó a una separación ese mismo año, la película contó además con el hermano del realizador para la banda sonora.

El relato nos permite ser testigos de la paulatina desintegración del matrimonio formado por Alex (George Sanders) y Katherine (Ingrid Bergman), aunque, de nuevo, sin necesidad de grandes alaridos y aspavientos, esas escenas de lucimiento con que se suelen abordar estos asuntos.

Un ejemplo es la anécdota que Katherine relata a Alex en una de las pocas ocasiones en que ambos están juntos pero solos, tomada del célebre relato Los Muertos de James Joyce; el guiño no acaba ahí, puesto que Rossellini apellida a su matrimonio Joyce. Pues bien, los Joyce llevan ocho años juntos aunque separados, pese a que intuimos que no siempre ha sido así. El tiempo parece haberse detenido desde su llegada al sur de Italia.

Pero frente a esa laxitud, Rossellini abre intencionadamente la película con un plano en movimiento, el que corresponde a la visión desde un automóvil que circula por la carretera. Y a continuación nos pone en antecedentes con respecto a la pareja cuando Katherine especifica que “no tengo ni idea de dónde estamos”. Poco después añadirá que “desde que nos casamos no habíamos estado tanto tiempo solos”.


Llama la atención la transformación que se produce en ambos cuando se encuentran rodeados de gente, entre la bulliciosa sociedad inglesa que pasa sus vacaciones en Italia. El maltrecho matrimonio necesita estar rodeado de “amigos” para escapar del tedio y de la sinceridad de una conversación, siempre postergada.

Las imágenes y los diálogos explicitan el por qué de esa mala relación, no es necesario entrar en más detalles, salvo señalar que la extrañeza de los Joyce será aún mayor cuando constaten cómo ha vivido uno de sus parientes, tío Michael, que no solo ha dejado al morir una propiedad que hay que gestionar (el motivo real del viaje), sino una estela de felicidad que mueve a la reflexión, y en consecuencia, un malestar que eclosiona en la posterior visita del matrimonio a Pompeya.


Apuntábamos antes otro elemento importante que estructura el relato. Los Joyce han pasado de su vida metódica y “aislada” de Londres, al bullicioso discurrir de Nápoles, una cultura que saca a la calle tanto su alegría como su dolor, en lugar de esconderlos (hasta los niños se muestran contentos pese a las privaciones).

Pues bien, esta toma de contacto de Katherine con las calles de Nápoles, junto a la especial atmósfera que le provocan un museo y las obras de arte en él contenidas, junto a las catacumbas de la ciudad, le revelan de forma gráfica esa otra vida. Por su parte, el vacío de una nueva “conquista”, certificará en Alex su propio fracaso.

Esta familiaridad sociocultural y ese aire pagano de una Italia a pie de calle, culminan en la conocida reacción del matrimonio ante el descubrimiento del molde en escayola de una pareja cuyo amor quedó perpetuado en las ruinas de Pompeya. Pasado y presente, la imagen del amor imperecedero y la del desamor, se funden en una misma secuencia por medio de un abisal plano-contraplano.


Hablábamos además, de la mesura de Rossellini como “autor”, en clara diferencia con otros autores tan “personales” que su sello siempre sofoca el relato -hoy sigue habiendo buenos ejemplares-. Para Rossellini, ningún detalle resulta banal, incluso cuando se insiste en que no sucede nada, todo se muestra como esencializado. En este sentido, el público de hoy probablemente esté más capacitado para reconocer lo que el realizador quiso hacer. Y al hacerlo hizo avanzar al cine mismo. Toda la futura incomprensión que mostrará la cinematografía europea en años posteriores se reconoce ya en esta película.

Curiosa mixtura de relato autobiográfíco y road movie, en el que la cámara se halla presente casi “por casualidad”, capturando el momento pero sin que advirtamos su presencia, Viaggio in Italia convierte al espectador en un fisgón. Rossellini trabaja la concisión y la densidad, sin confundir nunca el ritmo con las prisas -esas que tan necesarias parecen hoy para captar (y epatar) al espectador-.

Con el mencionado arranque –¡nunca mejor dicho!- de la película, el realizador demostraba que se hacía camino al filmar.


Semilla necesaria para apreciar en qué consiste el auténtico cine moderno –no lo “actual”-, Viaggio en Italia expone la dolorosa comprensión de un fracaso, encaminado a un final abierto. Una posible interpretación de ese final podría ser el de la recuperación de cierto respeto perdido, continúe la pareja junta o no.

Escrito por Javier C. Aguilera



Un antes y un después (XIX): Shana Shops, la consagración española de la moda low cost

26 febrero, 2014

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En la línea de otras firmas de moda como Primark o Inditex ya analizadas en nuestro blog, hoy descubriremos la imparable trayectoria del grupo Shana. Perteneciendo, originalmente, a Friday’s Project, Shana es una nueva marca de moda low-cost que se asemeja al estilo de la ropa más joven del gigante Inditex, pero con una política de precios mínimos, como también presenta Primark.

Shana es una tienda de ropa que comenzó sus operaciones en Barcelona teniendo un éxito casi inmediato. La marca logró posicionarse muy bien en sus primeros meses de vida, siendo hoy en día un indispensable al momento de comprar ropa. La empresa matriz, Comdipunt, es una empresa catalana que nació como proveedor de Inditex, de la mano de Julián Imaz. Años más tarde decidió emprender su camino en solitario con la marca Friday's Project, pero esta no tuvo el desarrollo ni el éxito esperado, con numerosos traslados de local en local en muchos puntos de España sin encontrar su sitio fijo en el mercado; hasta que un directivo también de Inditex (en concreto, de Bershka) decidió coger las riendas de la empresa y la transformó en Shana Shops, la firma que actualmente actúa con un éxito arrollador.

Evolución del logotipo de Shana, en el que sólo podría destacar el cambio de colores
La expansión que ha sufrido Shana solo ha sido vista por tiendas como Blanco o cualquiera del grupo Inditex, llegando a ocupar el terreno de firmas ya consagradas como Mango o Benetton. Y es que, desde finales de 2010, la compañía ha logrado abrir la increíble cantidad de casi cien tiendas por toda la geografía española, situándose en plena actualidad de la moda española.

Para su expansión siguió una inteligente estrategia. Shana fue instalándose en ubicaciones secundarias de las diferentes ciudades españolas. Así, logra esquivar a grandes cadenas como Inditex o Primark, que se decantan por locales más céntricos. Al buscar locales en calles dentro de barrios de ciudades grandes y de otras pequeñas, solamente compiten con comercios pequeños o bazares chinos, evitando el choque con cadenas de gran extensión. 


La ropa low cost ha tenido mucho éxito en España, ya que tiendas como H&M o Primark han logrado que este tipo de ropa sea lo mas buscado en términos de moda, obligando a otras firmas con amplia trayectoria, como Zara o Blanco, a normalizar sus precios respecto a esta feroz competencia. Además, en el caso de Shana podemos encontrar las últimas tendencias sin invertir una cantidad excesiva de dinero; vestidos por menos de quince euros, camisetas por tres o pantalones por diez son algunos de estos ejemplos de low cost. Por precio compite, por tanto, con Primark, mientras que por imagen se enfrenta y se igualaría a Bershka o Blanco.

Quizás el diseño de la ropa sea más básico que el de otras firmas que cotidianamente conocemos, pero la mayoría de las prendas de cada colección se identifican con las tendencias del momento de su lanzamiento: flores, estampados tribales, estilo navy, militar... en definitiva, cada temporada sorprende con la venta de productos cuyas directrices son fijadas por las principales pasarelas de moda. 


La ropa de Shana es comprada directamente de países como Turquía, Bangladesh o Portugal, con lo que la empresa prescinde de equipo de diseño y de publicidad. De ahí que su expansión en el mercado español haya sido de lo más silenciosa, aunque el boca a boca y su interacción con el público en sus distintos perfiles de las redes sociales les ha servido como indiscutible reclamo. Sin duda, nos encontramos ante un nuevo fenómeno del sector textil español, marcando la diferencia ante el mercado extranjero. Desde la compañía aseguran que no se ha trazado un plan de crecimiento concreto para Shana (un nombre registrado por la empresa hace años con el objetivo de lanzar una cadena de complementos, un proyecto que fue desestimado) y explican que se crecerá en función de las oportunidades.

Shana entonces ha logrado lo que muchos desearían: en apenas dos años ha conseguido un fiel y amplio abanico de clientes, principalmente jóvenes; se abastece de una red de establecimientos y todos con una gran acogida y extensión. Quizá esa unión de diseño innovador, desde la ropa hasta sus locales, los precios y el ambiente frente a un país intentando remontar tras años en crisis sea la combinación perfecta para que las tiendas de ropa joven low cost como Shana tengan un éxito casi inmediato.


Escrito por Mariela B. Ortega


La fiera de mi niña, de Howard Hawks

25 febrero, 2014

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Si hay una película donde se muestre de forma divertida cómo a veces el idioma puede ser un arma de destrucción masiva, o dicho otro modo, cómo dos personas son incapaces de comunicarse pese a no dejar de hablar, esa es La fiera de mi niña (Bringin’ up, baby, RKO, 1938), dirigida por Howard Hawks (1896-1977), con fotografía de Russell Metty (1906-1978), música del titular de RKO, Roy Webb (1888-1982), escrita por Dudley Nichols (1895-1960) y Hagar Wilde (1905-1971), en base a la historia de este último. Señalar de antemano, y no descubro nada, la extraordinaria labor de los actores; de todos ellos.

Es como si el paleontólogo, ¡profesión no dejada al azar!, David Huxley (Cary Grant) se tropezara con un extraterrestre, en la forma de la desprejuiciada y bastante alocada Susan Vance (Katharine Hepburn). Dos mundos en colisión, pero que como en toda buena comedia -más que “clásica” diría que moderna, perdurable o universal- están llamados a comprenderse finalmente.


Y puesto que hablamos de universos alternativos, digamos entonces que en un Museo de Historia Natural de Nueva York, el doctor Huxley y su prometida Alice Swallow (Virginia Walker), se encuentran tan embebidos en sus obligaciones, que hasta han de recordarse la fecha de su boda inminente. Se trata de un trámite más en la estructurada vida de la pareja. De hecho, el joven doctor se halla muy capacitado para componer el esqueleto de un brontosaurio, pero no para encaminar sus pasos lejos del museo, de una vida pre-establecida. Tiene gracia cuando se hace referencia al animal extinguido como el hijo que nunca tendrá, tan delineada está su existencia. Toda esta información la proporciona Hawks ya en la primera secuencia.

Así pues, Huxley se muestra esclavo de las convenciones, pero ni que decir tiene que su visión del mundo se hará añicos cuando se tropiece con la desinhibida Susan, en el inoportuno momento en que el primero trata de establecer relaciones sociales con Mr. Peabody (George Irving), abogado de la señora Random (May Robson), con el fin de concretar un generoso donativo para el museo. Poco después sabremos que Susan es la sobrina de la señora Random, que a partir de entonces se convertirá en tía Elizabeth. Pero antes de que eso suceda, destaca la charla de Susan con un psiquiatra (Fritz Feld), personaje que reaparecerá de forma irónica a lo largo del relato. Ningún personaje escapa a la chanza.


Como en toda buena screwball comedy, el disparate, lo ilógico, se instalan en la rutina del abnegado Huxley. Las réplicas, los juegos con el lenguaje, dan pie a un equivoco con las identidades (¡hasta el comandante Applegate –Charlie Ruggles- no acierta a identificarse a sí mismo!), para finalmente, una vez que han logrado estar todos detenidos, regresar a los malentendidos en una apoteosis final. La peripecia existencial será descrita por el paleontólogo como “lo más absurdo que me ha ocurrido en la vida”, tras espetar a Susan que “usted lo ve todo de un modo diferente”. En cualquier caso, es cierto que él no se muestra muy entusiasmado con el casamiento: con su vida.

Sigue resultando memorable todo el segmento que transcurre en Connecticut, donde acuden al encuentro de tía Elizabeth, ¡una vez que Susan se ha hecho cargo del leopardo que le envía su hermano desde Brasil! En la casa familiar, hasta George, el perro de tía Elizabeth, les tendrá entretenidos excavando por todo el jardín. No en vano, la buena mujer comenta que no quiere “más lunáticos en la familia”. O sea, que la cosa viene de largo.


Otros momentos hilarantes son la estancia en prisión, la presencia de David con una bata encima o, gracias al lenguaje cinematográfico, la elipsis del altercado con la camioneta de las gallinas.

Hacíamos mención a los actores; en efecto, hay que señalar la importancia de los llamados actores “de soporte”, todos magníficos. Junto a los ya citados Charlie Ruggles (el comandante Applegate), May Robson (tía Elizabeth), o el psiquiatra (Fritz Feld), están el jefe de la policía (Walter Catlett) y el jardinero (Barry Fitzgerald). Todos ayudan crear ese otro universo alternativo. Al fin y al cabo, esta es una historia de amor.

Escrito por Javier C. Aguilera


X-Men: la decisión final, de Brett Ratner

23 febrero, 2014

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Llegamos a la cinta que supuso el cierre de una trilogía iniciada en el 2000 con X-Men y que tuvo su punto álgido con la segunda entrega, X-Men 2 (2003), ambas dirigidas por Bryan Singer, que abandonó la dirección en esta ocasión para dedicarse a una entrega que revitalizase la figura de Superman; nos referimos a Superman returns (2006). 

Brett Ratner en el centro de la imagen junto a parte del reparto
La cuestión, en definitiva, es que Brett Ratner se hizo cargo de este tercera parte que ya en la parte final de la anterior entrega había dejado pistas de la trama que recogería: la historia del mutante Phoenix, el alter ego de Jean Grey. Sin embargo, no sabemos si el hecho de recoger el testigo de otro director supuso para Brett Ratner un obstáculo que no pudo solventar, como se demuestra en los resultados de la cinta. 

El director ya tenía experiencia en cintas de acción, habiendo dirigido anteriormente Hora punta (Rush Hour, 1998) o El gran golpe (After the Sunset, 2004), así como el piloto de la serie Prison Break (2006) o la cuarta entrega de películas relacionadas con el personaje Hannibal Lecter, El dragón rojo (Red Dragon, 2002). De forma más reciente, está dirigiendo una cinta sobre Hércules: Hercules: The Thracian Wars (2014). Así, podríamos esperar que tuviera cierta contundencia a la hora de conducir un film de superhéroes que ya estaba trabajado.

Pero no ocurrió así. Al inicio de la película se abren varios frentes que se relacionan íntimamente con las dos tramas principales: el poder desmesurado de Phoenix y la cura que se ha creado para hacer desaparecer los poderes mutantes. Ambas tramas bastante potentes que se intentan entrelazar creando una colisión inevitable entre los mutantes que prefieran ser humanos o aquellos que tan solo ven una amenaza en esa vacuna: un arma de los humanos para domarlos, para volverlos normales. Sin duda, el apoteósico enfrentamiento que se había vislumbrado en las entregas anteriores y que aquí vendría a poner el broche final al asunto, pero eso provoca, a su vez, un despliegue tal que impide valorar mejor a los árboles que componen tan frondoso bosque.


Por una parte, el argumento que rodea a Jean Grey se emplea dentro de la otra trama, lo que aparta la mirada de todo lo que supone el cambio o la doble personalidad de este personaje, que podría haberse trabajado mucho más y que, aunque tiene sus momentos brillantes y valió una buena interpretación de Famke Janssen, al final acaba resultado hasta ridículo, empleado para demostrar el potencial de los efectos especiales, muy logrados, más que la verdadera fuerza de un argumento bien llevado. En este sentido, tampoco se entiende la creación de nuevas historias y la inclusión de nuevos personajes que, además, desaparecerán rápidamente, sin indagar demasiado en ellos u otorgándoles poderes, especialmente a los extras, repetidos. 

Nos referimos, por ejemplo, a la poca presencia que se les otorga a personajes como Pícara, cada vez menor en los films, aunque siempre presente, Ángel (Ben Foster), nuevo en la saga pero al que apenas se le ofrecen unas cuantas líneas de diálogo, pese a estar muy presente en los engañosos trailers, Rondador nocturno, carismático personaje de la segunda entrega que desaparece en esta sin mayor explicación, Cíclope (James Marsden), el cual no había ofrecido más que un decepcionante papel en la saga y que en esta película tan solo brilla por los defectos multiplicados de anteriores apariciones. No hablemos ya de los nuevos mutantes malvados, que arrastran la poca personalidad que siempre hemos señalado que tenían junto al reparto humano, a excepción del envolvente Magneto, que vuelve a brillar en la actuación de McKellen, pero que precisamente lo hace por el eclipse al que son sometidos los demás.


Hasta personas tan estimables como Mística o el profesor X (Patrick Stewart) son desdeñados con suma facilidad, mientras que se les otorga mayor presencia a Tormenta (Halle Berry), cuya evolución ha sido favorable, y al que se ha convertido en figura central de la saga, Lobezno (Hugh Jackman). Pensó Ratner que no era necesaria ninguna presentación, para no aletargar el film, pero sin embargo, se excedió en la inclusión de personajes o en su exceso protagonismo frente a otros que, estando ya en el reparto, debían haber contado con un mayor desarrollo.

Quizás por eso no se entiende que, pese a que su papel está bien llevado, Kitty Pride (Ellen Page) absorba la parte de Pícara (Anna Paquin), o que Mística (Rebecca Romjin) pierda su puesto frente a personajes como Juggernaut (Vinnie Jones), Callisto (Dania Ramírez) o Kid Omega (Ken Leung), que tan solo sirven para desplegar sus poderes sin mayor desarrollo. Mención aparte al mutante encargado de la cura, interpretado por Cameron Bright, cuya historia es toda una incógnita, lo que da buena cuenta de lo mal que funcionó la unión de dos tramas principales mal entrelazadas. A favor de la cinta, en cuanto a personajes, la aparición de Bestia (Kelsey Grammer), que realiza una buena aparición y resulta tan carismático como debía haber sido Cíclope.


En resumen, unas ideas potencialmente interesantes que fueron mal llevadas y unidas, lo que condujo a un desarrollo lineal y ciertamente aburrido de la historia y de sus personajes, sin destacar el apartado cinematográfico a excepción de los efectos especiales, muchas veces empleados para sorprender que por propia necesidad de hacer uso de ellos. Además, aunque pudiéramos ver un film contundente al realizar ciertas acciones, al final resulta bastante tramposo, con dos escenas finales que vienen a desmentir parte del argumento mostrado en toda la cinta, y que deja abierto el futuro a lo que está por venir en X-Men: días del futuro pasado (X-Men: Days of future past, Bryan Singer, 2014). 

Esperemos que no vuelva a ser una búsqueda de sorprender con efectos especiales como resultó X-Men: la decisión final (X-Men: The Last Stand) en lugar de aprovechar un argumento que resulta interesante para todos los aficionados de los X-Men y de las historias de superhéroes.

Escrito por Luis J. del Castillo




El cumpleaños secreto, de Kate Morton

21 febrero, 2014

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Se oían enormes estallidos que retumbaban en la distancia, los cañones antiaéreos que replicaban como podían; pero en lo alto las estrellas seguían centelleando por todo lo que valía la pena. Eran como Jimmy, comprendió, fieles, perseverantes, algo en lo que confiar para toda la vida.

El cumpleaños secreto es una fascinante historia sobre errores, segundas oportunidades, remordimientos y un fallido amor eterno. La novela nos lleva por distintas épocas, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad, con una serie de giros y sorpresas, mientras asistimos a una sucesión de episodios marcados por el odio, la venganza, las obsesiones, las tragedias y, por encima de todo, los caprichos del destino.

En un caluroso día de verano, mientras su familia celebra el cumpleaños del pequeño Gerald, la adolescente Laurel se esconde en la casa del árbol de su infancia, fantaseando con un muchacho llamado Billy, una huida a Londres y un futuro grandioso que aguarda con impaciencia. Sin embargo, antes de que esa tarde idílica toque a su fin, Laurel presenciará un crimen aterrador que lo cambiará todo. Años más tarde, siendo ya una actriz célebre, Laurel se ve abrumada por las sombras de su pasado, acrecentadas por la enfermedad que sufre su madre. Acechada por los recuerdos y el misterio de lo que vio ese día, vuelve al hogar familiar y comienza a desenmarañar cada rincón de su memoria en busca de aquella historia. Una historia de tres desconocidos procedentes de mundos muy diferentes, Dorothy, Vivien y Jimmy, que coinciden en el Londres de los tensos años de la Segunda Guerra Mundial y cuyas vidas quedarán unidas de forma trágica e inexorable. Alternando los años treinta, los cincuenta y el presente, El cumpleaños secreto es un relato fascinante de misterios y secretos, teatro y farsa, de muertes y de la trascendencia del amor más allá del tiempo.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto, deducimos cómo la novela se estructura en diferentes tiempos, haciendo que presente y pasado convivan de una manera natural y coherente. Laurel, nuestra protagonista, no cesa en su empeño de descubrir y unir cada una de las pistas que se va encontrando en el camino. acerca de Dorothy, Vivien y Jimmy. Tres misterios, tres circunstancias, tres personas que, viniendo de mundos muy distintos, vivirán la Segunda Guerra Mundial londinense desde una perspectiva que los unirá de tal modo que cada uno de sus pasos tendrá consecuencias en la vida de los demás, dejando cicatrices imborrables que repercutirán décadas después en las vidas de sus descendientes. Misterio, intriga, relaciones cruzadas y una ciudad asolada serán la ambientación perfecta que Morton desarrollará a su antojo de una manera sutil y natural, creando un halo de expectación a medida que iremos pasando de página.

Bombardeo en Londres durante la II Guerra Mundial
Kate Morton creció en las montañas del noreste de Australia. Posee títulos en arte dramático y literatura inglesa y es candidata doctoral en la Universidad de Queensland. Su primera novela, La casa de Riverton, se publicó con enorme éxito en 38 países, alcanzando el número uno en muchos de ellos y vendiendo hasta la actualidad más de dos millones de ejemplares en todo el mundo. El jardín olvidado, con unas ventas que superan los cuatro millones de ejemplares, supuso la consolidación absoluta de esta espléndida autora y le otorgó el reconocimiento de la crítica y de sus nuevos y fieles lectores. Su tercera novela, Las horas distantes, se convirtió también de manera inmediata en un best seller; tanto es así que se estima que las ventas en todo el mundo de las obras de Kate Morton se acercan a los ocho millones de ejemplares. En esta ocasión, Morton repite los patrones de misticismo y relaciones familiares complicadas para crear esta nueva novela, como ya lo hiciera en Las horas distantes o El jardín olvidado, prescindiendo, en esta ocasión, de elementos mágicos o fantásticos, centrándose en un realismo y en unas circunstancias concretas surgidas a partir de la Segunda Guerra Mundial. Logra, así, recrear de manera realista una ciudad convulsa, abatida y sumida en un sinfín de bombardeos diarios, describiendo las ganas de escapar a un lugar mejor, a una libertad que no llega y unas muertes tanto esperadas como inesperadas.

Kate Morton
Y es que para comprender el misterio que envolvía el asesinato que Laurel presenció cuando era joven, ella misma será quien tenga que reconstruir e imaginar la vida que su madre llevó en Londres durante la guerra, una época envuelta en una trama de amor y traición en la que aparecen otros dos nombres indispensables en su vida, Vivien y Jimmy, que serán claves para comprender y cohesionar todo lo que sucedió. Iniciaremos la novela con una idea preconcebida de cada personaje, debido a las circunstancias que aparentemente se irán contando, pero no será hasta el final de la misma cuando conectaremos cada historia, cada hecho y cada por qué del comportamiento de cada personaje, justificando así cada trama en la que se verán envueltos y cerrando completamente la novela. Una obra en la que, sin duda, quedan muy pocos cabos sin atar.

Quizás ese afán por cerrar cada trama y cada detalle de la historia haga que la novela a veces se enrede y se haga pesada en ciertas partes de la misma, deteniéndose en aspectos, y surgiendo líos, que se pueden hacer reiterativos a medida que avanzamos en la lectura, dando la sensación de ser una historia que nunca tendrá fin. Salvando estas series de repeticiones e hincapiés innecesarios, la novela se adentra muy bien en el misterio bélico, contando una historia familiar y de amor sin recurrir a tópicos o sin caer en un culebrón a la vieja usanza.

Estaban bailando, bailando de verdad, como en una película, con las manos entrelazadas, y los zapatos se deslizaban, y mamá daba vueltas bajo el brazo de papá. Las mejillas de mamá estaban sonrosadas, y sus rizos parecían más sueltos de lo normal. El tirante del vestido color perla había resbalado un poco por un hombro, y Laurel, a sus nueve años, supo que nunca volvería a ver a nadie tan hermoso aunque viviese cien años.

Ejemplo de otra pareja en la época de la Guerra. Célebre fotografía de Victor Jorgersen en Times Square el 14 de agosto de 1945

Conforme avancemos en la lectura, veremos cómo Laurel irá descubriendo las semejanzas entre su vida y la de su madre, a la que no creía ni imaginaba una juventud tan turbulenta como la suya. Sin duda, una superviviente que también se sentía diferente en su familia, alejada de sus miembros y con sueños e ilusiones para su futuro totalmente distantes a lo que se podía esperar en esa época. También descubrirá los misterios y secretos que su madre había escondido, las traiciones que la rodearon y el puzzle que irá reconstruyendo y que sorprenderá a la vez tanto a nuestra protagonista como a nosotros mismos.

Morton logra que la personalidad de sus personajes quede totalmente compacta, desarrollando su interior llevándolos hasta el límite y haciendo que cada uno de ellos crezca a medida de que la novela también lo vaya haciendo. Y así nos sentiremos también nosotros, los lectores, porque esta novela está pensada para leerse lentamente, disfrutando de esos giros inesperados y de esas elaboradas tramas línea a línea, aunque, debido también a su gran extensión, las ganas te desesperen por terminarla. Porque se trata de una novela de misterios, secretos y sentimientos, como ya hemos descubierto en la escritura de Kate Morton, pero con El cumpleaños secreto nos encontramos, en particular, con una novela de redención, perdón y recuerdos que tendremos presentes durante toda una vida.



Escrita por Mariela B. Ortega


Hitchcock, de Sacha Gervasi

20 febrero, 2014

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Si hace unos días recopilábamos algunas películas biográficas, o biopics, con motivo del estreno de Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks, John Lee Hancock, 2013), y hoy vamos a centrarnos en otro ejemplo que también proviene del cine, remitiendo a una época similar, a finales de los cincuenta, con la creación, producción, rodaje y estreno de la célebre Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960). Sin duda, estamos en el mismo mundo, pero en campos concretos y cintas bien distintas.

Para este caso, tenemos a Sacha Gervasi en su segunda intervención dentro de la dirección cinematográfica, tras un documental sobre un grupo de música rockera, aunque ya tuviera experiencia como guionista en películas como La terminal (The terminal, Steven Spielberg, 2004) o Henry's Crime (íb., Malcolm Venville, 2010). Es decir, prácticamente un director novel para enfrentarse a un maduro e importante director, como ya era en ese momento, contando para ello con actores de la talla de Anthony Hopkins o Helen Mirren. Sin embargo, está claro que Hitchcock supera a Gervasi.

Esto se debe principalmente a que se ha querido abarcar mucho y al final no se ha contado nada. Resaltan, lo que resulta evidente gracias a las interpretaciones, el carácter de Hitchcok y sus enfrentamientos con su esposa, Alma Reville, ambos encarnados por los dos pesos del reparto. No obstante, toda la película parece basada en la pura anécdota, tanto a nivel personal como en la parte profesional, esta última mucho más interesante y gratificante que la primera. Todo a ello a pesar de que el guion trata de establecer motivos personales, de carácter privado para la grabación de  Psicosis, provocando que toda esa trama se entronque con los sucesos de la vida de Hitchcock y Alma. Una historia que se abre a interpretaciones y de los que no importa realmente la veracidad si funcionaran dentro de la propia narrativa de la película.


Pero el hecho recae en que, puestos a haber producido un making of de Psicosis o haber recorrido la vida y motivos del célebre director, se queda a medias en ambos sentidos. A pesar de que la historia matrimonial podría haber resultado interesante, estamos ante una narración tan cortada y centrada en un fugaz capítulo de sus vidas que resulta irrisoria la cantidad de anécdotas que se tratan de incluir, obsesiones del director incluídas, por causar cierto impacto en el público o quizás alguna carcajada, algo que logra en ocasiones.

Ahora bien, el guion no puede ir en detrimento de la buena labor interpretativa de Helen Mirren, quien,  además, tiene más espacio interpretativo que Hopkins, puesto que Alma Reville era una personaje menos conocido y poco mediático que su marido.


Por el contrario, el resto de personajes están muy desdibujados, estereotipados o sirviendo en exclusiva a la mera anécdota: Scarlett Johansson, Jessica Biel, James D'Arcy, Michael Stuhlbarg, Michael Wincott, Wallace Langham... actores que desfilan por la pantalla interpretando a otros actores, productores, guionistas y demás encargados de un proyecto cinematográfico, pero sin mayor gracia, solvencia ni profundidad, en gran medida porque no se les permite y porque, cuando tienen cierto espacio, tampoco saben aprovecharlo. 

Clichés, saberes compartidos con el público, anécdotas, curiosidades, episodios personales, obsesiones y una figura conocida y estudiada, todo ello aliñado con conversaciones humorísticas, normalmente sarcásticas, que destacan como si estuviéramos ante una sitcom; de todas estas cosas se compone Hitchcock. Aunque las conversaciones matrimoniales puedan hacer gracia, el tramo final resulte emotivo, las interpretaciones principales sean competentes y algunas de las curiosidades acerca de la película, especialmente la campaña de marketing, resultan interesantes, no estamos ante una película redonda o un biopic profundo. El entretenimiento, basado en la enumeración anterior, es de las principales razones para acercarse a la película, que será insatisfactorio para quienes prefieran una historia más desarrollada.


Así que si tenéis oportunidad, ¡disfrutad de Psicosis! Pero siempre de la versión de 1960 y no de remakes innecesarios como la dirigida por Gus Van Sant en 1998.

Escrito por Luis J. del Castillo


La chica del adiós, de Herbert Ross

15 febrero, 2014

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Nada mejor para estos días que recuperar una gran película como La chica del adiós (The goodbye girl, Warner Bros., 1977), nuevo texto de Neil Simon (1927) para el cine (en este caso, la representación teatral llegó más tarde), dirigida por Herbert Ross (1927-2001), con producción de Ray Stark (1915-2004), y acompañamiento musical de Dave Grusin (1934).

Excelente dialoguista, como puede comprobarse con cualquiera de sus obras, Simon da comienzo a La chica del adiós con una ruptura –otra- para Paula (Marsha Mason, actriz principalmente teatral y pareja de Simon hasta el año 81). Aunque solo somos testigos de su reacción, puesto que el otro, un hombre casado, ya se ha largado, nos damos cuenta de que estamos ante una mujer afectiva y enamoradiza, ¡que es de lo peor que le puede suceder a uno!

Antes de irse, Tony, que así se llamaba el interfecto, ha subarrendado el apartamento a otro compañero de profesión, el también actor Elliot Garfield (Richard Dreyfuss, que obtuvo el Óscar por este trabajo), procedente de Chicago.

Así que esta nueva extraña pareja se ve forzada a convivir entre los desengaños y la aprensión hacia un nuevo compromiso de una, y la frustraciones profesionales del otro. Entre ambos está Lucy (Quinn Cummings), la hija de Paula, bastante más madura que su madre. No es un personaje tan “cargante” como suele ocurrir: está claro que Neil Simon habla por él muchas veces.


De este modo, La chica del adiós no trata únicamente sobre la convivencia en un mismo espacio de dos personajes en principio disímiles, sino además, del miedo a una posible ruptura, la espada de Damocles de cualquier pareja, de las cicatrices que dejan los desengaños, de la aprensión a comenzar de nuevo -como se tituló otra apreciable película de Pakula-, y de cierta parálisis o autocomplacencia en la propia desdicha. “Los demás inquilinos también viven solos”, le comentará Elliot a una compañera de trabajo cuando la lleve al apartamento.

Pero por fortuna, al menos en el cine existen los terceros actos. Claro que en tanto llega, Simon no escatima dardos hacia el modus vivendi (o “pensanti”) de algunos actores atiborrados de prejuicios, o sobre ese regodeo en la desgracia amorosa. Ni lo “trascendente” escapa al sarcasmo del egregio autor.


Con respecto a la vida sobre las tablas, además de una evidente metáfora acerca del amor como “representación”, también desarrollada en tres actos: atracción, plenitud y desamor, ocurre que en Broadway casi siempre se busca a gente joven para las obras, apartando al resto. La visión acerca de lo “alternativo”, del Off-Broadway, es igualmente ácida –y supongo que en parte biográfica-, como sucede con el montaje de un Ricardo III de Shakespeare por parte de unos integrantes, liderados por Mark (Paul Benedict), que desprecian los trabajos para televisión (de un arte para las masas).

Inevitablemente, la frustración de Elliot en lo profesional se traslada a lo personal, hasta que, poniendo cada uno un poco de su parte, Paula y Elliot encuentran un equilibrio. Ambos serán conscientes de que cambiar el mundo es como darse contra un muro, y que más fructífero resulta cambiar el mundo de uno mismo.

Bajo esa predisposición positiva, todo parece ir a mejor; así, Elliot acabará recibiendo en su camerino la visita de un conocido realizador, “Oliver Fry”, una colaboración especial de Nicol Williamson, con quien Ross ya había filmado la espléndida Elemental, doctor Freud (The seven per cent solution, 1976).


En cualquier selva, en este caso la neoyorquina, la necesidad de afectos se incrementa; aunque sean efímeros, que es lo que realmente asusta a Paula. Vivir rodeado de personas y cosas no es sinónimo de estabilidad. Sintomáticamente, cuando la vida de Paula de un nuevo giro –se supone que definitivo- también cambiará el aspecto del “escenario”, del apartamento: es un concepto sencillo pero eficaz.

Para el recuerdo, siempre quedará la cena en el tejado; ¡ni la lluvia puede chafar el estupendo trabajo fotográfico de David M. Walsh!

Escrito por Javier C. Aguilera



Historias de San Valentín, de Garry Marshall

14 febrero, 2014

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Nos encontramos ante otra película que gira alrededor de varias historias paralelas que concurren bajo un mismo pretexto. Ni la Navidad, ni el año nuevo, esta vez damos paso a San Valentín para entretenernos con otro film de Garry Marshall, director de Noche de fin de año. Historias de San Valentín consta de varias historias que suceden alrededor de dicho día: una oficial del ejército (Julia Roberts) que vuela desde Iraq a Los Ángeles, coincide en el avión con alguien que debe resolver algunos asuntos pendientes en un día como este (Bradley Cooper); el dueño de una conocida floristería de la zona (Ashton Kutcher) le propone matrimonio a su novia (Jessica Alba), aunque, en realidad, siente algo más por su mejor amiga (Jennifer Garner), cuyo novio descubrirá esa noche que está casado con otra mujer; una jubilada (Shirley MacLaine) le confiesa a su marido que mantuvo en su ausencia un romance con otra persona; una mujer (Anne Hathaway) que trabaja en la agencia de talentos más importante de la ciudad sale con un empleado de Correos. Y, finalmente, una desafortunada publicista (Jessica Biel) resulta que no tiene compañía para pasar el día de San Valentín.


Quizás demasiadas historias paralelas para una película en sí demasiado simple. Siguiendo la estela de Love actually, tras la que se han sucedido numerosos intentos similares sin tal éxito, esta película no llega a ser tan completa ni tan autoconclusiva como cabría esperarse. Tampoco los personajes, pese a estar encarnados por grandes figuras relevantes del panorama del cine, logran cuajar entre ellos o transmitir una historia con realismo. Una escasez de imaginación que hace flaco favor por revitalizar este género. 


Pero si buscamos entretenimiento endulzado en un ambiente lleno de amantes y detractores de esta celebración a partes iguales, con rostros conocidos por cualquier aficionado al cine y en unas fechas paralelas a la trama de la película, sin duda será una buena elección en un día como este. Habrá sorpresas predecibles pero que sabrán sacar una sonrisa al espectador, al igual que finales no tan afortunados para algunas de las historias. Otras, en cambio, pasarán sin pena ni gloria por el global de la película, siendo tan líneales y prototípicas como romances adolescentes entre una rubia tonta y un guaperas deportista.


Hay que mencionar también que las tramas de los personajes principales están bien conectadas entre sí, aunque queda evidente que sobre algunas recae mucho más peso que sobre otras. Pese a ello, todas ellas se encuentran contextualizadas en temas actuales, estando salpicadas por más que evidentes críticas a lo que significa el día de San Valentín (para unos, otro día festivo dedicado al consumismo) y con un mensaje claro: el amor es universal y se nos puede presentar de infinitas formas. Sin duda, una película de las que acompañado siempre sabe mejor.



Escrita por Mariela B. Ortega


Música Inolvidable (XIX): Roberto Carlos

13 febrero, 2014

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Yo quisiera ser civilizado como los animales.
(El progreso)

Pensando acerca de qué autor reseñar en flechas tan señaladas –¡por no circunscribir la cosa a un solo día!-, y en todos aquellos que tengan la suerte –o el infortunio, según se mire- de estar enamorados, me asaltaron en tromba las bonitas letras del cantante brasileño Roberto Carlos (1941).


Stendhal –para no repetir la cita del espejo por enésima vez-, definió el amor como la flor más bella, que hay que tener el coraje de recoger al borde de un precipicio. Y es que junto al gozoso asunto del amor, está la tragedia del desamor. Ambos aspectos forman las caras de una colosal moneda, y si hay autores que han reflejado estos sentimientos tanto en un sentido como en otro, Roberto Carlos ha estado ahí para cantarlo y hacérnoslo sentir.

Sus letras sinceras y su voz cálida han sido, desde hace décadas, más que flechas, dardos universales. La suya es la voz del romanticismo más noble y cercano.


El cantante siempre tuvo bastante predicamento en España, porque muchas de sus canciones fueron interpretadas en español. Tras el LP Roberto Carlos canta sus grandes éxitos (CBS, 1979), vinieron otros, y hoy no es difícil encontrar un buen recopilatorio. Entre los temas más populares contenidos en dichos recopilatorios se encuentran la inolvidable –y pleonásmica- El gato que está triste y azul (1979; las fechas corresponden a las versiones en español), El progreso (dicharachera en la forma, summa cum laude en el fondo, 1979), Lady Laura (1978), Amante a la antigua (1981), El amor y la moda (1983), De corazón a corazón (1986), Camionero (mucho mejor la versión original, más larga, 1984), la bellísima La distancia (1979), o Por ella (1992), definitivo himno cañí a la pareja.

Podríamos haber seleccionado cualquiera de ellas -y animo a hacerlo a quienes no las conozcan-, pero me van a permitir ser subversivo y optar también por otros tipos de amor además del “convencional”; me refiero al “perdido” de Todas las mañanas (1989) y la devastadora Viviendo por vivir (1978), también conocida por Añoranzas y una de las canciones más impresionantes que se hayan escrito; y al paterno-filial de Mi querido, mi viejo, mi amigo (1980), donde podemos contemplar al maestro en directo (fue en el programa Aplauso de José Luis Uribarri).

Tres joyas de la historia de la canción popular, que espero que ustedes sientan bien.





Escrito por Javier C. Aguilera


En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina

12 febrero, 2014

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Este breve libro del escritor ubetense Antonio Muñoz Molina nos cuenta la relación entre Mario y Blanca desde el punto de vista del primero, que nos ofrecerá sus reflexiones e impresiones sobre una historia romántica que surgió en los años ochenta y que llega hasta la actualidad.

Llegó a los lectores generales en 2001 tras una edición privada para los miembros de Círculo de Lectores en 1999. Para entonces su autor ya había publicado obras reconocidas por la crítica, como El jinete polaco (1991), así como recopilaciones de sus artículos periodísticos, mencionamos en este caso su obra El Robison urbano (1984).


Esta novela corta recoge de forma ligera el cruce de dos mundos contrarios que coinciden por azares del destino, convergiendo en la pareja del hombre provinciano y de origen humilde que es Mario y la joven Blanca, de familia pudiente, preocupada en cuestiones artísticas antes que en la vida real, amante de ese arte excéntrico y de vanguardia que tantas veces han intentado vendernos y que tanto dolor le ha costado a ella.

El libro sirve de crítica tanto para un aspecto como para otro. Del primero mostrará el carácter aletargado de una vida que resulta reiterativa y donde falta algo que te aleje de la realidad para hacerte, a su vez, vivir mejor. Del segundo, se sirve perfectamente para enseñarnos el ambiente de los ochenta, cn cierto desencanto mostrado a partir del mundo de las drogas, mal común e incipiente en ese momento; también muestra el absurdo elitismo de un arte que vive de espaldas a la realidad y en continuo onanismo. Se tratan de dos mundos contrarios que, además, tienden a despreciarse, como vemos en el tratamiento de los amigos de Blanca hacia Mario o la falta de interés de Blanca hacia los de Mario.

Sin embargo, estamos también estamos ante la duda del otro, la conciencia de estar viviendo con un desconocido, como nos retrata tanto el primer como el último capítulo. A ello hemos de sumar una relación turbulenta, donde existe una entrega desmedida y que seguramente no aceptaríamos en nuestra realidad, pero que tratamos de justificar en esta novela. Las contadicciones de la vida, de las relaciones románticas, incluso del arte, son las que se exponen en esta historia donde no faltan las críticas a estos sistemas, incluendo cierta sensación de que se financian proyectos por las instituciones provinciales sin demasiado conocimiento de lo que realmente se está financiando.

En definitiva, una novelita de fácil y rápida lectura que nos hará plantearnos esas relaciones humanas que a veces aceptamos con sorprendente facilidad y la forma en que idealizamos la realidad que nos rodea cuando amamos, o creemos a amar, a alguien.

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (XXXIX): Pedro Páramo, de Juan Rulfo

11 febrero, 2014

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Juan Rulfo
Ejemplo de obra casi única en la vida de un escritor, Pedro Páramo (1955) fue la creación más reconocida del que fuera un modesto oficinista del departamento de inmigración, vendedor de neumáticos, e interesado por la fotografía y el cine, el mexicano Juan Rulfo (1917-1986). Tal vez su carácter autoexigente –literariamente hablando-, junto a la certeza de saber que ya había dado lo mejor de sí mismo –chocante sinceridad, viniendo de un escritor- impidieron que, tras El Llano en llamas (1953), Pedro Páramo El gallo de oro (1980, fecha de edición), Rulfo volviera a publicar nada más, narraciones póstumas aparte.

Tras una juventud marcada por la pérdida de los padres, en Juan Rulfo pesó de modo explícito el recuerdo de los lugares de la infancia, ese mundo perdido no por cuanto a la desaparición física de dichos lugares, sino por la desaparición del modo en que fueron. Rulfo escribió para vivir la soledad más que para combatirla, y sus personajes suelen ser también solitarios, pese a estar rodeados de gente. Más que condicionada, se trata de una soledad buscada, biológica.

Fraccionado en setenta fragmentos, Pedro Páramo llama en primer lugar la atención por el nombre escogido para su título. La “voz” principal será la del hijo de Pedro, Juan Preciado, pero es tal el peso del recuerdo, esta vez por vía de la madre (que es quién a su muerte encarga a Juan ir en busca del padre), que la presencia del progenitor impregna todo el relato, del mismo modo que lo hace el lugar, el pueblo de Comala.

Pero pese a este ambiente rural, los personajes acaban siendo icónicos, universales. Es gran mérito de Rulfo como escritor, junto a otros grandes maestros, el haber sabido incardinar un periodo histórico concreto (en este caso una sangrienta etapa de revueltas, aunque aquí se trate de forma menos “directa”), con la “historia” de sus personajes (buenos ejemplos no faltan: Pasternak, Tolstoi, Galdós, Baroja…). De igual modo, el lenguaje que despliega Rulfo es tanto popular como poético.

Fotografía de Juan Rulfo
El tema que subyace es el desánimo tras la revolución (o en plural). La certeza de que todo lo que iba a cambiar va a quedarse como estaba, solo que en manos de otros. La estructura de la novela (de no gran extensión pero de enorme riqueza semántica), arrastra hacia lo desconocido. Las voces de los difuntos que por ella transitan hablan al lector a modo de una cacofonía psicofónica, punteada por saltos espacio temporales, el juego con algún que otro punto de vista, y la fragmentación de los planos narrativos (con la incorporación de un narrador sin especificar en tercera persona, para determinados pasajes). Pero pese a las (temibles) apariencias, hay “método en su proceder”, porque aunque la forma de la novela también es expresión en este caso, no resulta muy difícil al lector actual organizar un texto cuyos mecanismos describen las circunstancias de este Ciudadano Páramo, un escrito progresivamente acendrado por su autor, parecido a una (buena) película en la que los efectos especiales están al servicio de la narración, y no al revés.

En Pedro Páramo el tiempo está suspendido, no se presenta de modo mensurable: “un año, o dos…”; siempre ha pasado “mucho tiempo”. En este sentido, el texto atesora bellas imágenes referidas tanto al tiempo como a la noche, o la tierra… una tierra, la de Comala, que solo es capaz de proporcionar frutos agrios; literalmente, sinsabores. No es difícil rastrear la huella de Joyce (mucho más que la de Faulkner, que Rulfo consideraba como una influencia general, pero menos aplicable a esta obra), como sustrato de esa tierra entre reseca y anegada de Comala; los textos más experimentales del dublinés (en cuanto a la estructura), pero también el celebrado retrato de los muertos (y de los “muertos en vida”) de Dublineses, confluyen en Pedro Páramo, un relato en el que lo que se precipita sobre los que ya fueron no es la nieve, sino la lluvia; Juan Preciado reflexiona ya desde el otro lado.

Fotografía de Juan Rulfo
Y tampoco me parece baladí una referencia a la popular (y excelente) pieza teatral Nuestra Ciudad (Our town) de Thornton Wilder, y su hermosa traslación cinematográfica: Sinfonía de la vida (Sam Wood, United Artist, 1940). Ambas poblaciones se sostienen por el recuerdo de sus habitantes.

La realidad siempre es poliédrica, difícil de aprehender y de (auto) estructurar; depende tanto de factores externos, ajenos, como de nuestras propias circunstancias. En base a este concepto, Pedro Páramo desarrolla una trama de género de lo más moderna -pese al tiempo transcurrido-, que despliega una considerable riqueza semántica y la capacidad metafórica de personajes y lugares. Prueba de que esa “otra realidad” existe será el propio entramado de la novela, formado por recuerdos y reflexiones, como señalábamos, a veces inconexos, a veces inventados, por los que los sueños no realizados y otras vivencias “se materializan” cuando los personajes han alcanzado la otra orilla (o puede que únicamente cuando ya están en ella).

Esta será la tragedia de Pedro Páramo y del resto de habitantes de Comala. La muerte física -y generalmente violenta-, es la muerte de la ilusión; la otra vida –privilegio de lo literario-, el continuo trasiego de los anhelos no alcanzados. ¿Será por eso que en vida los recuerdos se van idealizando inevitablemente? Y en última instancia, ¿podrán volverse también dolorosos dichos recuerdos una vez se ha traspasado el umbral?

Pedro Páramo no anda lejos del relato de terror.

Escrito por Javier C. Aguilera



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