¡A ponerse series! (XVIII): Poirot (Telón)

14 noviembre, 2014

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Hace algunos meses dedicamos nuestra sección de series de televisión a la británica Poirot (1989-2013), interpretada con acierto y convicción por David Suchet. Pero comentábamos, al final del extenso texto, que aún faltaba una última temporada, por aquel entonces en preparación.

Pues bien, hoy nos referimos a esa última temporada de Poirot (ITV, 2013), deseando que, como ya ha ocurrido con otros personajes del “mundo” de la ficción, más reales para la mayoría que las personas que nos rodean, también el detective belga creado por Agatha Christie (1890-1976), pueda continuar su andadura con nuevas peripecias, elaboradas por guionistas capacitados para dicha tarea.

David Suchet sin caracterizar
Esta temporada se completa con las cuatro novelas originales que quedaban por adaptar, más un conjunto de relatos. El templete de Nasse House tiene por escenario uno de esos incomparables entornos naturales ingleses, una mansión en el condado de Devonshire. Allí, Hercules Poirot (David Suchet) acude como invitado a la celebración de un “Festival del crimen”, donde se escenifica el juego de “averigüe quién es el asesino”.

Sobresale el retrato de una gente (una clase) con posibles, aunque bastante consentida, junto a los prejuicios más pueblerinos de algunos de los lugareños; un magma que oculta una terrible insatisfacción, cuya imagen metafórica podría ser la de ese templete abandonado en mitad del bosque que da título a la novela.

Así mismo, destaca la encuesta policíaca de rigor, al resolverse de forma entrecruzada (una buena solución visual) o el hecho de que la Sra. Ariadne Oliver (Zoë Wanamaker), la amiga escritora del detective, le inspire al modo que Watson hacía con Holmes. Todo ello, junto con la imagen de un Poirot sentado frente a una mesa de té, en un continuo trasiego de ir y venir gente, o la que lo muestra ganando un muñeco espantoso en una caseta de feria.


Los trabajos de Hércules, cuyo título hace referencia –en la ficción- a una serie de pinturas acerca de los doce cometidos míticos del héroe clásico, hace que Poirot, al igual que Holmes hiciera, se enfrente a un enemigo formidable: el anónimo Marrascaud (pues solo conocemos su nombre, no su identidad).Por mediación de un chófer que trata de localizar a su desaparecida enamorada, Poirot termina en un refugio de alta montaña en los Alpes suizos. Concretamente, en el “Hotel Olympos”, todo un microcosmos antropomorfo y de difícil acceso.

El investigador se autodefine graciosa y certeramente como un hombre con “una carrera extraordinaria, a costa de no tener una familia”. Otros buenos detalles enriquecen la narración: Poirot escuchando por el lavabo la trifulca de al lado o la forma que tiene de reconocer a los policías que trabajan de incógnito. Mención especial merece “Mimoso”, el inenarrable perro de la hija “criminóloga” de una condesa, una antigua relación del detective.

Los trabajos de Hércules adapta libremente el conjunto de relatos que, en este caso, forman el libro original. Por poner un pero, la ceremoniosa, convencional y parece que inevitable despedida del “asesino” no debería causar en el ánimo de Poirot la menor pesadumbre. A cambio, nos regocijamos con la explicación “de primera mano” de por qué el detective se refiere siempre así mismo en tercera persona. En esta aventura, el criminal es todo un monstruo con “mil cabezas”. Por ello, la alusión final a una de las pinturas, “Hércules vence a la Hydra” (podría haberse aludido al maravilloso cuadro de Zurbarán), no es en absoluto desacertada. Literalmente, así es.


En Los elefantes pueden recordar, un hecho luctuoso de 1925 aún está pendiente de aclaración. Al menos, así lo cree la ahijada de la señora Oliver, Celia Ravenscroft (Vanessa Kirby). Sus padres fueron las víctimas del terrible suceso y ahora, la acción se sitúa en 1938, la joven se propone esclarecer los hechos antes de casarse con el hijo de una amiga de los fallecidos.

Nuevamente, Poirot se ve impelido a profundizar en el pasado (como sucedía en la excelente Cinco cerditos), y a sacar a la luz aquello que la gente no recuerda (o no quiere recordar). A ello se sumará otra investigación, aparentemente desconectada, acerca de un profesor de psiquiatría retirado que ha sido asesinado. La narración resulta fluida y está servida por medio de una caligrafía visual clásica y totalmente efectiva. A retener la imagen del detective meditando durante un concierto de piano, totalmente ajeno al mismo.


En Los Cuatro Grandes asistimos, siquiera como conclusión del relato, al reencuentro de Poirot con su antigua secretaria, miss. Lemon (Pauline Moran), su amigo y ex colaborador, el capitán Hastings (Hugh Fraser) y el ahora “subcomisario” Japp (Philip Jackson), que sí interviene más activamente en este nuevo asunto.

Se tratará este de uno de los casos más sorprendentes del detective, por el que asoma un benefactor de origen chino en plenos tiempos de crisis (¡cosas de la ficción!), en este caso, los previos a la Segunda Guerra Mundial. Aquí, destaca una partida de ajedrez que queda, literalmente, “en tablas”, y que será el prolegómeno de una serie de muertes que se van encadenando y que están relacionadas con la organización de un llamado “Partido por la Paz” (no cabe mayor sarcasmo).

A la irónica resolución de los hechos, se suma el de que una tragedia amorosa y personal, esté a punto de desencadenar otra de carácter mundial. También resulta interesante la figura del periodista (Tom Brooke) como inicial propagador de miedo y confusión (¡lo que llegan a inventar los escritores!).


Telón es, cronológicamente, el último caso de Poirot. La novela fue escrita por Agatha Christie mucho antes de ser publicada, en 1975. La animadversión entre autora y criatura, además de emular (otra vez) el caso de Conan Doyle con Holmes, hizo que este ácido y contundente relato fuera (lógicamente) rechazado hasta aquel entonces (lo contrario habría sido matar la gallina de los huevos de oro) y que, en cierta forma, pueda verse como un “aparte” dentro de la biografía literaria y televisiva del detective belga.

Ello no quita para que nos encontremos ante una buena novela y adaptación. El juego con los tiempos vuelve a ser fundamental de cara a la representación del “juego de las identidades”, junto a la sensación mustia de asistir al final de una época (tal vez la autora lo sintiera así realmente), la que sobrevino tras la Segunda Guerra Mundial. Estamos en octubre de 1949, y pese a que nada es lo que parece, Telón nos presenta a un Poirot envejecido y mermado físicamente, aunque con plenas capacidades mentales.


El relato se construye sobre una idea muy buena, la de volver al escenario de un crimen anterior resuelto por el detective. Concretamente, al de El misterioso asunto Styles, acontecido en 1916, y en puridad, primer caso resuelto por Poirot en tierras británicas. La mansión Styles es ahora, tras los estragos de la contienda y el tiempo, una tristona casa de huéspedes.

Toda un aura de melancolía impregna el caso y la casona, destartalada, desolada, desangelada, desvaída, vencida por el tiempo y perteneciente a otra época. “Deprimente”, según definición de Miss Cole Litchfield (Helen Baxendale), una de las propietarias. Lo confirman las ruinas que forman parte del entorno. El que será el último caso de Poirot le plantea un conflicto no pequeño, el de “poder matar sin menoscabo para la conciencia”, para con ello, “evitar un mal aún mayor”. Algo que el detective siempre había podido evitar. Hasta ahora.

La conclusión de la autora da a entender que todos podemos tener razones para matar. No solo asesinos, sino personas como nosotros. Dicha conclusión, no exenta de causticidad, propone un doble asesinato donde algunos culpables desconocen serlo, y nos son presentados en una resolución a modo de flashback, cuando el capitán Hastings lea una carta de su (aquí descarnado) amigo. El “verdadero” asesino también parece pertenecer ya a una nueva era: es un sádico, una novedad en el repertorio, con la que Agatha Christie vislumbra el futuro que vendrá. Como detalle final, observamos a Poirot rezando por segunda vez (tras Asesinato en el Orient Express).


Si en todos estos relatos hay una nota en común, es la corriente subterránea de las falsas apariencias. Los enmascaramientos, tropos, juegos de identidades ocultas o latentes y demás entrelazamientos (que alcanzan su paroxismo más desbocado en Los trabajos de Hércules), son sustancia común en cada uno de ellos.

Nada es lo que parece, pocos son lo que aseguran ser (hasta Hercules Poirot llega a lucir un bigote falso, en el sumun del engaño).


Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: Broadchurch



1 comentario :

  1. La verdad que no la conocía, y me tiene buena pinta y más si se basa en las novelas de una grande como Agatha Christie, la cual ya hace años que no leo nada pero que tengo gratos recuerdos de leer titulos como Asesinato en el Orient Express. Muchas gracias por esta entrada, me lo apunto a la de ya :) Un saludo^^

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