Clásicos Inolvidables (XLII): Los encuentros, de Vicente Aleixandre

14 mayo, 2014

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Regresar a Aleixandre es regresar a la historia literaria española del siglo XX. Nos acercamos a la poesía social y vital de Historia del corazón (1954), donde dio un giro con respecto a su tendencia panteísta y superrealista de obras como La destrucción o el amor (1935), libro que resultaría interesante analizar también para Baúl. Pero en esta ocasión, nos desviamos hacia la prosa, campo que quizás no fue excesivamente abonado por el autor andaluz (sevillano de nacimiento, malagueño de adopción, residente en Madrid durante prácticamente toda su vida), salvo de manera epistolar. Desde su atalaya de exilio interior en Velintonia, la célebre casa de la poesía que permanece abandonada en la actualidad bajo la mirada crítica de amantes de la cultura y de la Asociación de amigos de Vicente Aleixandre, el poeta se comunicaba con sus compañeros, con sus amigos también escritores estuvieran donde estuvieran a través de las cartas, dado que él, normalmente por su estado enfermizo, apenas salía de la capital española. 

El contenido de esas cartas se corresponde con el carácter de una de sus principales obras prosistas: Los encuentros. Este libro comprende una serie de retratos, en mayor medida, y de narraciones acerca de diferentes escritores españoles, con un estilo de prosa casi poética, que podría remitir al estilo de Juan Ramón Jiménez en su célebre Platero y yo (1917), realizando una labor exquisita en las descripciones y en las recreación de vivencias pasadas. La primera edición de la obra vio la luz en 1958, aunque se añadirían más capítulos con una colección de Nuevos encuentros, hasta el retrato de Pablo Neruda en 1983, el último que realizó. Alejandro Duque Amusco se encargó de reunir todos los Encuentros para la edición de la Prosa (1998) de Vicente Aleixandre que hizo para la editorial Austral.


A lo largo de los capítulos circulan por nuestros ojos las experiencias personales de Aleixandre en su cruce con otros autores, amigos y compañeros suyos, con los que trató en algún momento de su vida. La primera parte de la obra se detiene en los autores de la Generación del 98 hasta sus compañeros de la Generación del 27, tras lo cual encontramos un intermedio dedicados a autores más lejanos en el tiempo o en la vida de Aleixandre, como Góngora, Bécquer o Rubén Darío, a quienes se aproxima de manera distinta a los demás. La segunda parte se introduce en la vida de las siguientes generaciones, con especial dedicación a Miguel Hernández, para quien reserva tres capítulos y con quien sabemos tuvo una excelente amistad, de lo que dan fe no solo estos retratos sino las numerosas cartas que hoy se conservan. Unos testimonios que resultarán muy valiosos para los amantes de la intrahistoria literaria: la de los autores. 

La escritura de Vicente nos acerca como si fuéramos espías a vivencias cotidianas pero que logra transformar en hechos de gran calado personal, casi espiritual podríamos acertar. No se trata, por otra parte, de una novela, sino de capítulos a los que nos podemos acercar con interés individual, el factor más determinante para que los resulten atractivos; aunque la calidad de la escritura de Aleixandre es indudable en estos retratos, se trata de algo determinante conocer algo sobre los autores mencionados para comprender mejor lo expresado en ellos.

Homenaje a Luis Cernuda en 1936. Vicente Aleixandre a la izquierda junto a Lorca.
Frente a descripciones metafóricas como la que realiza en "La cabeza de Concha Zardoya", aparecen también narraciones de situaciones anecdóticas, como "Don Benito Pérez Galdós, sobre el escenario", "Doña Emilia Pardo Bazán, en el balneario" o "Paseo con don Miguel de Unamuno", que se impregnan de un carácter metafísico, de cierto traslado de la vivencia literaria a la vivencia real.

Esta circunstancia queda patente en el capítulo dedicado a Galdós, uno de sus escritores favoritos durante una primera época de cercanía a la literatura mediante la prosa (la poesía llegaría a su vida de forma tardía, justamente de otro poeta del 27, Dámaso Alonso): "Había sentido el suave roce del lienzo, el ruidillo imperceptible del labio, el resbalar quedísimo de la mano: nada. La vida que latía silenciosa y veraz allí emocionadamente ante sus ojos. Todavía... No, no dijo nada. [...] Creyó oír la respuesta, una respuesta general, para todos, para todos los que aquí y fuera de aquí escuchaban: para sus lectores. Pero oyó su parte, aquella que a él solo, entre millones, iba dirigida".

Homenaje a Aleixandre, sentado el tercero desde la derecha.
También se impregnan de emotividad los dedicados a Lorca y Hernández. La "Evocación de Federico García Lorca", que ya había visto la luz bajo el título de "Federico" en 1937 con motivo de un homenaje al poeta asesinado en Granada, esboza una imagen del poeta granadino más íntima, a la del Lorca de la tristeza, aquel que en su casa de Velintonia le había recitado los "sonetos del amor oscuro", poemas que entonces eran inéditos y que han pasado a la posteridad bajo el título que les puso Aleixandre en este retrato.

En la otra evocación, la dedicada a Miguel Hernández, se muestra el afecto que ambos autores, personas detrás de las letras, se tenían. De él finaliza diciendo que "Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos". También "Con Pablo Neruda" resulta sumamente revelador en el carácter del poeta chileno, especialmente en el ambiente familiar. 

Vicente Aleixandre junto a la tumba de Miguel Hernández
En "Gustavo Adolfo Bécquer, en dos tiempos" hay un doble homenaje: al escritor sevillano y, precisamente, al origen familiar de Aleixandre, que presta la voz narradora a su abuelo, quien, según cuenta, coincidió con Bécquer en dos ocasiones. El resto de retratos tienen la clara voz de Vicente, quien se dobla entre personaje y yo poético, refiriéndose en ocasiones a sí mismo como "joven poeta", sobre todo en la primera parte. La segunda se detiene sobre todo en cómo conoció a los poetas que compondrían las generaciones de posguerra, con nombres como Blas de Otero, José Luis Cano, José María Valverde, Carmen Conde o Gabriel Celaya, mostrándonos sus sensaciones hacia estos escritores noveles, como destaca la viveza juvenil en "Susana March es muy joven" o la evocación casi mágica, o metafísica, de "Carlos Bousoño sueña el tiempo". Igualmente revelador el capítulo final, "El poeta desconocido", que revela sobre la condición humana de los poetas, de los escritores: "Había comprendido de repente que yo era un hombre como él, que escribir, para mí, podía ser un esfuerzo humano, como para él".

La obra se detiene en un tono halagador con todos, pues como revela el editor Duque Amusco, Aleixandre no quiso dejar críticas personales a otros autores y compañeros, de ahí la ausencia de un autor tan relevante como Juan Ramón Jiménez, con quien mantenía ciertas reticencias personales en la época en que publicó la obra, aunque siempre reconoció la importancia y el valor de la obra del autor onubense. No faltan, sin embargo, otros compañeros de generación, como Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Luis Cernuda, Rafael Alberti o Manuel Altolaguirre. Tampoco faltan ejemplos de poetas catalanes, como Carles Riba o Clementina Arderíu. 

Aleixandre, José Luis Cano y Gerardo Diego en la boda del segundo
El carácter de esta obra se completa con otro libro, Evocaciones y pareceres, nombre con el que se recogen, además de retratos similares, opiniones sobre diversas cuestiones del escritor sevillano. Resulta, sin embargo, un sinsentido que aún no exista una edición anotada críticamente de esta obra, que acerque mejor los reveladores e íntimos retratos que nos cedió Aleixandre a partir de sus recuerdos, ¡tal es el descuido que prestamos a nuestros Premios Nobel o, en concreto, a algunos autores de nuestro siglo XX! 

Un olvido que no solo se relaciona con la prosa, sino con la poesía de quienes han sido considerados la Edad de Plata de las letras españolas, aunque en ocasiones solo sean conocidos los poemas de dos o tres autores de esta época, y en ocasiones por cuestiones ajenas a la propia literatura. La prosa de Vicente deja plasmado el cariño que él procesaba a sus compañeros autores, con quienes compartió vivencias y gran parte de su tiempo, así como las palabras que ellos le han dedicado han dado buena muestra de que detrás del poeta del 27 no solo había un excelente escritor, sino una gran persona.

Escrito por Luis J. del Castillo


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