El océano al final del camino, de Neil Gaiman

15 marzo, 2014

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Neil Gaiman
Un hombre de 47 años, en pleno momento de crisis ante un funeral, vuelve sin saber por qué al pueblo de su infancia, al lugar donde creció de niño y donde tendrá que recordar el más extraño y fantástico de los episodios de su vida, cuando apenas contaba siete años. Un viaje al pasado de esa infancia perdida entre lagunas de olvido y explicaciones adultas que nos ocultan la visión de maravillas que tienen los niños.

Sobre niños parece saber el británico Neil Gaiman después de aventurarse en la literatura dedicada a este sector de la población con obras como Coraline (2002) o El libro del cementerio (2008), aparte de sus intervenciones en la fantasía ya fuera en solitario, como Stardust (1999), o con compañía, véase su colaboración con Terry Pratchett en Buenos Presagios (1990). 

No obstante, su campo inicial estuvo en los cómics, siendo, por ejemplo, el creador de The Sandman para DC Comics, además de alguna aventura televisiva, entre las que se encuentra la escritura de dos capítulos para la serie Doctor Who

El océano al final del camino (2013) se presenta como una obra para adultos, aún cuando estos están casi vedados en la historia que nos narra. Centrada en los recuerdos, recorreremos la historia de un protagonista sin nombre en unos extraños acontecimientos que vivió con siete años, pero no debemos esperar una narración realista al estilo de Si nunca llego a despertar (Javier Yanes, 2011), sino una historia de fantasía vivida en nuestro mundo, una mitología oculta que Gaiman no se preocupa en explicar, simplemente disfruta creándola con un estilo que fluye natural bajo las palabras de un narrador infantil.

La vida de este personaje era normal en una familia de corte acomodado, pero con ciertas estrecheces económicas; el libro incluso nos da pistas de cómo el intento de ocultar la realidad a los niños no funciona tan bien como a los adultos nos gustaría. Los lectores de esta obra, en su mayoría seguidores juveniles de Gaiman, se verán reflejados en la figura solitaria del protagonista que disfruta leyendo y que es capaz de soñar. Ahora bien, ¿esta historia es un sueño o una realidad? Esa duda quedará vigente aún cuando cerremos el libro, pese a que hayamos encontrado ese tono confesional que el autor plasma en la novela con una intención autobiográfica, pues ciertos fragmentos de la obra se refieren a recuerdos propios de Gaiman.

Portada
En este sentido, el libro guarda cierto parecido con El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2000) o incluso con La historia interminable (Michael Ende, 1979) al contar con un personaje principal que deberá aceptar las reglas de un mundo al que no pertenece para intentar solucionar su problema, entre otras cosas la presencia de Ursula Monkton, la niñera bajo la que se oculta el monstruo infantil, signo de la desprotección y la falta de cariño, además de una especie de genio que concede deseos aún cuando estos causan realmente más problemas; puede resumir bien esta idea el hecho de desear dinero y que una moneda aparezca en tu garganta.

Ella separa al protagonista del ambiente acogedor que siempre lo ha acompañado, provocando además una de las escenas más terribles y humillantes de la obra: el castigo del padre en la bañera. Se guarda Gaiman ciertas referencias más adultas en estos pasajes, como el hecho que supone recordar estos acontecimientos que no se entendían en la infancia con una mirada ya madura.

Frente a este apartado oscuro de la novela, nos encontramos con lo que podríamos considerar las buenas brujas, aquellas que representan mejor los valores maternales dentro, además, de una estructura matriarcal. Nos referimos a la familia Hempstock, compuesta por una abuela, una madre llamada Ginnie y la hija, Lettie, que se convertirá pronto en la amiga y guía del protagonista, su introductora en ese mundo especial donde un estanque deja de ser tal para convertirse en un océano. El espíritu de esta familia es el lado anverso al de Ursula Monkton: cariñosas, acogedoras y capaces de solucionar los problemas en lugar de provocarlos, dotadas de ciertas habilidades cuasi-mágicas que sorprenden al protagonista y al lector, ¡como acaso lo pudiera hacer nuestra madre cuando éramos niños!

Lettie será el personaje más presente de esta familia, representando un papel típico quizás en obras juveniles, como hemos podido ver en Oppi (Justo Navarro, 1998) o Marina (Carlos Ruiz Zafón, 1999), por nombrar algunas de las novelas reseñadas en nuestro blog que tienen este tipo de personaje femenino que, para más similitud, altera la vida del personaje principal durante su relación. Ella intentará solucionar el problema del que se siente responsable e incluso supondrá una figura materna pese a la corta distancia de edad que la separa del protagonista, que realmente en el mundo de los niños es una distancia considerable, aunque no lo pueda parecer desde nuestros ojos adultos.


En definitiva, una historia que solo podremos disfrutar si aceptamos el juego de la fantasía que presenta, porque si esperamos una novela realista, una historia de infancia recordada, y nos resistimos al cuento que nos relata Gaiman, no apreciaremos la fantasía que desprenden las páginas de este océano.

Escrito por Luis J. del Castillo


2 comentarios :

  1. Interesante libro, me han entrado ganas de leérmelo.
    También he visto las películas de Coraline y stardust, me gustaron bastante.

    Un saludo y buena entrada :)

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    Respuestas
    1. Realmente Gaiman parece tener esa imaginación infantil necesaria para crear obras de este estilo :)

      ¡Gracias por tu comentario!

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