Verbo, de Eduardo Chapero-Jackson

16 noviembre, 2013

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Desde la mirada de Sara, una joven de quince años, nos adentraremos en una vida gris, normal y corriente, que una gran mayoría de espectadores compartirán seguramente. Pero ella, como otros, trata de mirar más allá, ver la belleza ignorada por dinero, y en esa misión se enfrentará a la batalla más dura de nuestra realidad, la lucha interna por vivir o morir.

Las líneas anteriores resumen en esencia el argumento de este film de 2011, porque fuera de su estética o de planteamientos a caballo entre la ciencia ficción y la fantasía, este relato cinematográfico que nos presenta Eduardo Chapero-Jackson no es otra cosa que una reflexión sobre la vida oprimida de jóvenes que se sienten presionados por el mundo que les rodea. Aunque da pinceladas a otros temas de índole social, en la problemática de las familias de clase media. Sobre cuestiones similares han transcurrido sus tres cortos anteriores a este largometraje, que fueron integrados en una trilogía titulada A contraluz (2009).

No obstante, este film podría considerarse casi un mediometraje que queda a mitad de camino, como si no lograra completarse, pues da pinceladas a muchos temas de los que el espectador debe suponer lo que realmente sucede, sugiriendo y, a la vez, dejando incompleto el film en sus tramas secundarias. Lo mismo que sucede con las actuaciones. La protagonista, Sara, y la actriz Alba García son el centro de atención de todo el film, tan solo ensombrecida en una parte por el otro protagonista, en menor medida, Líriko, interpretado por Miguel Ángel Silvestre. El resto del reparto está muy descompensado, llegando incluso al casi cameo de Adam Jezierski o Macarena Gómez o las pocas intervenciones de Verónica Echegui, Víctor Clavijo, Álvaro Cañete, Nasser Saleh o Najwa Nimri, aunque podríamos incluir a prácticamente todos los demás.

Eduardo Chapero-Jackson dirigiendo a Alba García en Verbo
Aunque curiosamente lo que consigue este film con estos actores, especialmente el que conforma el grupo liderado por Líriko, es sorprender ante la distancia de la línea argumental con respecto a lo que nos tiene habituados el cine español en estos últimos años, con pocas excepciones. Ese efecto dura poco. La estética steampunk, los escenarios post-apocalípticos o los sistemas similares a otros films como Matrix (1999), así como la animación de algunos fragmentos, la reivindicación de las denominadas subculturas son los elementos que destacan frente al retrato gris que se hace de las relaciones paterno-filiales o del ambiente escolar, muy bien representados ambos por Fernando Soto y Manolo Solo. Las figuras masculinas en este caso son vistas de forma negativa con respecto al punto positivo, algo tenue también, que recibe la madre, interpretada por Najwa Nimri. Sin embargo, todos estos elementos son importantes.

Najwa Nimri y Alba García en una escena del film
Precisamente otra de las reivindicaciones de este film, que puede pasar desapercibida frente a la clara reprobación del suicidio o de la continua destrucción de la belleza, pudiendo entenderla tanto arquitectónicamente como relativa a la naturaleza, es la de la lectura, en este caso concreto de Don Quijote, libro con el que la protagonista se sentirá relacionada más allá de la simple y vacía explicación académica.

El film brilla precisamente por esa crítica a un mundo adulto que se percibe triste, destructor, cansado o hastiado, cuestión que se transmite a los propios jóvenes, como Sara, que se siente ahogada en un extrarradio donde la única belleza con la que se encuentra son los preciosos graffitis de Líriko, su obsesión; considerada por los adultos una molestia estética. En efecto, los graffitis como verdadero arte, como nos muestra en una escena preciosa que nos recuerda al estilo de Gaudí y su Parque Güell, y no como vandalismo en forma de firmas o rayas sueltas en un monumento. Se trata de ofrecer otra visión al mundo para cambiarlo y hacerlo más bello, pero no contra lo que ya es bello de por sí.

 
En ese sentido, puede recordar al mensaje que Hayao Mizaki ha otorgado a sus películas (La princesa Mononoke [1997] o El viaje de Chihiro [2001] pueden servir de ejemplo), director al que el mismo Chapero-Jackson ha nombrado como influencia. De ahí podemos notar la influencia de la animación japonesa. Otro de los elementos destacables, en este caso de forma musical, es el rap, muy presente como género musical en el film, tanto en el personaje de Líriko, con sus continuas rimas tomadas de letras conocidas en ese mundo, como en algunas de las canciones que conforman la banda sonora, entre ellas la cantada por Nach en los créditos.

Líriko (Miguel Ángel Silvestre) y  Sara (Alba García)
La cuestión final es que esta película, que ofrece guiños a tantos productos, se queda bastante corta. Experimenta, efectivamente, entremezcla y ofrece unos mensajes que podríamos considerar poco originales, pero que son positivos. Tantos elementos en tan poco tiempo, con unas interpretaciones planas gracias, en gran parte, a un guión que desaprovecha a los personajes con los que cuenta, y con unos diálogos que, en ocasiones, no se comprenden. La película queda desinflada, dejando con la sensación de que no se ha contado todo lo que se debía contar o que, al final, la película ha sido más simple de lo que se esperaba, incluso con la escena inicial y la final, que pretenden asumir otra realidad. Nada mal como esbozo, pero aún queda mucho por trabajar. Tendremos que darle tiempo y nuevas oportunidades al director novel.

Después de todo, la alegoría y los mensajes que lanza Chapero-Jackson desde esta película son bienvenidos, aunque el resultado cinematográfico haya sido claramente insuficiente.


Escrito por Luis J. del Castillo


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